Drácula


-Mi querido amigo, se lo agradezco desde el fondo de mi corazón
destrozado. ¡dígame qué tengo que hacer y no fallaré!
Van Helsing le puso una mano en el hombro, y dijo:
-¡Bravo! Un momento de valor y todo habrá concluido. Debe
traspasar su cuerpo con esta estaca. Será una prueba terrible, no piense
otra cosa; pero sólo durará un instante, y a continuación, la alegría que
sentirá será mucho mayor que el dolor que esa acción le produzca; de esta
triste cripta saldrá usted como si volara en el aire. Pero no debe fallar una
vez que ha comenzado a hacerlo. Piense solamente en que todos nosotros,
sus mejores amigos, estaremos a su alrededor, sin cesar de orar por usted.
Tome esa estaca en la mano izquierda, listo para colocarle la punta al
cadáver sobre el corazón, y el martillo en la mano derecha. Luego, cuando
iniciemos la oración de los difuntos..., yo voy a leerla. Tengo aquí el libro y
los demás recitarán conmigo. Entonces, golpee en nombre de Dios, puesto
que así todo irá bien para el alma de la que amamos y la "muerta viva"
morirá.
Arthur tomó la estaca y el martillo, y, puesto que su mente estaba
ocupada en algo preciso, sus manos ya no le temblaban en absoluto. Van
Helsing abrió su misal y comenzó a leer, y Quincey y yo repetimos lo que
decía del mejor modo posible. Arthur colocó la punta de la estaca sobre el
corazón del cadáver y, al mirar, pude ver la depresión en la carne blanca.
Luego, golpeó con todas sus fuerzas.
El objeto que se encontraba en el féretro se retorció y un grito
espeluznante y horrible salió de entre los labios rojos entreabiertos. El
cuerpo se sacudió, se estremeció y se retorció, con movimientos salvajes;
los agudos dientes blancos se cerraron hasta que los labios se abrieron y la
boca se llenó de espuma escarlata. Pero Arthur no vaciló un momento.
Parecía una representación del dios escandinavo Thor, mientras su brazo
firme subía y bajaba sin descanso, haciendo que penetrara cada vez más la
piadosa estaca, al tiempo que la sangre del corazón destrozado salía con
fuerza y se esparcía en torno a la herida. Su rostro estaba descompuesto y
endurecido a causa de lo que creía un deber; el verlo nos infundió valor y
nuestras voces resonaron claras en el interior de la pequeña cripta.
Paulatinamente, fue disminuyendo el temblor y también los
movimientos bruscos del cuerpo, los dientes parecieron morder y el rostro
temblaba. Finalmente, el cadáver permaneció inmóvil. La terrible obra
había concluido.
El martillo se le cayó a Arthur de las manos. Giró sobre sus talones,
y se hubiera caído al suelo si no lo hubiéramos sostenido. Gruesas gotas de
sudor aparecieron en su frente y respiraba con dificultad. En realidad, había
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