Bram Stoker


Cuando todo estuvo preparado, van Helsing dijo:
-Antes de hacer nada, déjenme explicarles algo que procede de la
sabiduría y la experiencia de los antiguos y de todos cuantos han estudiado
los poderes de los "muertos vivos". Cuando se convierten en muertos vi-
vos, el cambio implica la inmortalidad; no pueden morir y deben seguir a
través de los tiempos cobrando nuevas víctimas y haciendo aumentar todo
lo malo de este mundo; puesto que todos los que mueren a causa de los
ataques de los "muertos vivos" se convierten ellos mismos en esos horri-
bles monstruos y, a su vez, atacan a sus semejantes. Así, el círculo se am-
plía, como las ondas provocadas por una piedra al caer al agua. Amigo
Arthur, si hubiera aceptado usted el beso aquel antes de que la pobre Lucy
muriera, o anoche, cuando abrió los brazos para recibirla, con el tiempo, al
morir, se convertiría en un nosferatu, como los llaman en Europa Oriental,
y seguiría produciendo cada vez más "muertos vivos", como el que nos ha
horrorizado. La carrera de esta desgraciada dama acaba apenas de comen-
zar. Esos niños cuya sangre succiona no son todavía lo peor que puede
suceder; pero si sigue viviendo, como "muerta viva", pierden cada vez más
sangre, y a causa de su poder sobre ellos, vendrán a buscarla; así, les chu-
pará la sangre con esa horrenda boca.
Pero si muere verdaderamente, entonces todo cesa; los orificios de
las gargantas desaparecen, y los niños pueden continuar con sus juegos, sin
acordarse siquiera de lo que les ha estado sucediendo. Pero lo mejor de
todo es que cuando hagamos que este cadáver que ahora está "muerto
vivo" muera realmente, el alma de la pobre dama que todos nosotros
amamos, volverá a estar libre. En lugar de llevar a cabo sus horrendos
crímenes por las noches y pasarse los días digiriendo su espantoso condu-
mio, ocupará su lugar entre los demás ángeles, De modo que, amigo mío,
será una mano bendita por ella la que dará el golpe que la liberará. Me
siento dispuesto a hacerlo, pero, ¿no hay alguien entre nosotros que tiene
mayor derecho de hacerlo? ¿No sera una alegría el pensar, en el silencio de
la noche, cuando el sueño se niega a envolverlo: "Fue mi mano la que la
envió al cielo; fue la mano de quien más la quería; la mano que ella hubiera
escogido de entre todas, en el caso de que hubiera podido hacerlo."?
Díganme, ¿hay alguien así entre nosotros?
Todos miramos a Arthur. Comprendió, lo mismo que todos noso-
tros, la infinita gentileza que sugería que debía ser la suya la mano que nos
devolvería a Lucy como un recuerdo sagrado, no ya infernal; avanzó de un
paso y dijo valientemente, aun cuando sus manos le temblaban y su rostro
estaba tan pálido como si fuera de nieve:



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