Bram Stoker


-Haga lo que crea conveniente, amigo mío. Haga lo que quiera. No
es posible que pueda existir un horror como éste -gimió.
Quincey y yo avanzamos simultáneamente hacia él y lo cogimos por
los brazos. Alcanzamos a oír el chasquido que produjo la linterna al ser
apagada. Van Helsing se acercó todavía más a la cripta y comenzó a retirar
el sagrado emblema que había colocado en las grietas. Todos observamos,
horrorizados y confundidos, cuando el profesor retrocedió, cómo la mujer,
con un cuerpo humano tan real en ese momento como el nuestro, pasaba
por la grieta donde apenas la hoja de un cuchillo hubiera podido pasar.
Todos sentimos un enorme alivio cuando vimos que el profesor volvía a
colocar tranquilamente la masa que había retirado en su lugar.
Después de hacerlo, levantó al niño y dijo:
-Vámonos, amigos. No podemos hacer nada más hasta mañana.
Hay un funeral al mediodía, de modo que tendremos que volver aquí no
mucho después de esa hora. Los amigos del difunto se irán todos antes de
las dos, y cuando el sacristán cierre la puerta del cementerio deberemos
quedarnos dentro. Entonces tendremos otras cosas que hacer; pero no será
nada semejante a lo de esta noche. En cuanto a este pequeño, no está mal
herido, y para mañana por la noche se encontrará perfectamente. Debemos
dejarlo donde la policía pueda encontrarlo, como la otra noche, y a con-
tinuación regresaremos a casa.
Se acercó un poco más a Arthur, y dijo:
-Arthur, amigo mío, ha tenido usted que soportar una prueba muy
dura; pero, más tarde, cuando lo recuerde, comprenderá que era necesaria.
Está usted lleno de amargura en este momento; pero, mañana a esta hora,
ya se habrá consolado, y quiera Dios que haya tenido algún motivo de ale-
gría; por consiguiente, no se desespere demasiado. Hasta entonces no voy
a rogarle que me perdone.
Arthur y Quincey regresaron a mi casa, conmigo, y tratamos de
consolarnos unos a otros por el camino. Habíamos dejado al niño en lugar
seguro y estábamos cansados. Dormimos todos de manera más o menos
profunda.
29 de septiembre, en la noche. Poco antes de las doce, los tres,
Arthur, Quincey Morris y yo, fuimos a ver al profesor. Era extraño el notar
que, como de común acuerdo, nos habíamos vestido todos de negro. Por
supuesto, Arthur iba de negro debido a que llevaba luto riguroso; pero los
demás nos vestimos así por instinto. Fuimos al cementerio de la iglesia ha-
cia la una y media, y nos introdujimos en el camposanto, permaneciendo en
donde no nos pudieran ver, de tal modo que, cuando los sepultureros hu-
bieron concluido su trabajo, y el sacristán, creyendo que no quedaba nadie

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