Drácula


en algo específico. Sacó de su maletín un objeto que parecía ser un bizco-
cho semejante a una oblea y que estaba envuelto cuidadosamente en una
servilleta blanca; a continuación, saco un buen puñado de una substancia
blancuzca, como masa o pasta. Partió la oblea, desmenuzándola cuidado-
samente, y lo revolvió todo con la masa que tenía en las manos. A con-
tinuación, cortó estrechas tiras del producto y se dio a la tarea de colocar
en todas las grietas y aberturas que separaban la puerta de la pared de la
cripta. Me sentí un tanto confuso y, puesto que me encontraba cerca de él,
le pregunté qué estaba haciendo. Arthur y Quincey se acercaron también,
movidos por la curiosidad. El profesor respondió:
-Estoy cerrando la tumba, para que la "muerta viva" no pueda en-
trar.
-¿Va a impedirlo esa substancia que ha puesto usted ahí?
-Así es.
-¿Qué está usted utilizando?
Esa vez, fue Arthur quien hizo la pregunta.
Con cierta reverencia, van Helsing levantó el ala de su sombrero y
respondió:
-La Hostia. La traje de Amsterdam. Tengo autorización para em-
plearla aquí.
Era una respuesta que impresionó a todos nosotros, hasta a los más
escépticos, y sentimos individualmente que en presencia de un fin tan hon-
rado como el del profesor, que utilizaba en esa labor lo que para él era más
sagrado, era imposible desconfiar. En medio de un respetuoso silencio,
cada uno de nosotros ocupó el lugar que le había sido asignado, en torno a
la tumba; pero ocultos, para que no pudiera vernos ninguna persona que se
aproximase. Sentí lástima por los demás, principalmente por Arthur. Yo
mismo me había acostumbrado un poco, debido a que ya había hecho otras
visitas y había estado en contacto con aquel horror; y aun así, yo, que había
rechazado las pruebas hacía aproximadamente una hora, sentía que el
corazón me latía con fuerza. Nunca me habían parecido las tumbas tan
fantasmagóricamente blancas; nunca los cipreses, los tejos ni los enebros
me habían parecido ser, como en aquella ocasión, la encarnación del
espíritu de los funerales. Nunca antes los árboles y el césped me habían
parecido tan amenazadores. Nunca antes crujían las ramas de manera tan
misteriosa, ni el lejano ladrar de los perros envió nunca un presagio tan
horrendo en medio de la oscuridad de la noche.
Se produjo un instante de profundo silencio: un vacío casi doloroso.
Luego, el profesor ordenó que guardáramos silencio con un siseo. Señaló
con la mano y, a lo lejos, entre los tejos, vimos una figura blanca que se
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