Bram Stoker


-Le juro por todo cuanto considero sagrado que no la he retirado
de aquí, y que ni siquiera la he tocado. Lo que sucedió fue lo siguiente:
hace dos noches, mi amigo Seward y yo vinimos aquí... con buenos fines,
créanme. Abrí este féretro, que entonces estaba bien cerrado, y lo encon-
tramos como ahora, vacío. Entonces esperamos y vimos una forma blanca
que se dirigía hacia acá, entre los árboles. Al día siguiente volvimos aquí,
durante el día, y vimos que el cadáver reposaba ahí. ¿No es cierto, amigo
John?
-Sí.
-Esa noche llegamos apenas a tiempo. Otro niñito faltaba de su ho-
gar y lo encontramos, ¡gracias a Dios!, indemne, entre las tumbas. Ayer
vine aquí antes de la puesta de sol, ya que al ponerse el sol pueden salir los
"muertos vivos". Estuve esperando aquí durante toda la noche, hasta que
volvió a salir el sol; pero no vi nada. Quizá se deba a que puse en los hue-
cos de todas esas puertas ajos, que los "no muertos" no pueden soportar, y
otras cosas que procuran evitar. Esta mañana quité el ajo y lo demás. Y
ahora hemos encontrado este féretro vacío. Pero créanme: hasta ahora hay
ya muchas cosas que parecen extrañas; sin embargo, permanezcan con-
migo afuera, esperando, sin hacer ruido ni dejarnos ver, y se producirán
cosas todavía más extrañas. Por consiguiente -dijo, apagando el débil rayo
de luz de la linterna-, salgamos.
Abrió la puerta y salimos todos apresuradamente; el profesor salió
al último y, una vez fuera, cerró la puerta.
¡Oh! ¡Qué fresco y puro nos pareció el aire de la noche después de
aquellos horribles momentos! Resultaba muy agradable ver las nubes que
se desplazaban por el firmamento y la luz de la luna que se filtraba de vez
en cuando entre jirones de nubes..., como la alegría y la tristeza de la vida
de un hombre. ¡Qué agradable era respirar el aire puro que no tenía aquel
desagradable olor de muerte y descomposición! ¡Qué tranquilizador poder
ver el resplandor rojizo del cielo, detrás de la colina, y oír a lo lejos el ruido
sordo que denuncia la vida de una gran ciudad! Todos, cada quien a su
modo, permanecimos graves y llenos de solemnidad. Arthur guardaba to-
davía obstinado silencio y, según pude colegir, se estaba esforzando por
llegar a comprender cuál era el propósito y el significado profundo del
misterio. Yo mismo me sentía bastante tranquilo y paciente, e inclinado a
rechazar mis dudas y a aceptar las conclusiones de van Helsing. Quincey
Morris permanecía flemático, del modo que lo es un hombre que lo acepta
todo con sangre fría, exponiéndose valerosamente a todo cuanto pueda
suceder. Como no podía fumar, tomó un puñado bastante voluminoso de
tabaco y comenzó a masticarlo. En cuanto a van Helsing, estaba ocupado

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