Bram Stoker


bargo, nunca había tenido una tarea, tan ingrata entre mis manos. Créame
que si llegara un momento en que cambiara usted su opinión sobre mí, una
sola mirada suya borraría toda la tristeza enorme de estos momentos,
puesto que voy a hacer todo lo humanamente posible por evitarle a usted
la tristeza y el pesar. Piense solamente, ¿por qué iba a tomarme tanto tra-
bajo y tantas penas? He venido desde mi país a hacer lo que creo que es
justo; primeramente, para servir a mi amigo John, y, además, para ayudar a
una dama que yo también llegué a amar. Para ella, y siento tener que de-
cirlo, aun cuando lo hago para un propósito constructivo, di lo mismo que
usted: la sangre de mis venas. Se la di, a pesar de que no era como usted,
el hombre que amaba, sino su médico y su amigo. Le consagré mis días y
mis noches... antes de su muerte y después de ella, y si mi muerte puede
hacerle algún bien, incluso ahora, cuando es un "muerto vivo", la pondré
gustosamente a su disposición.
Dijo esto con una dignidad muy grave y firme, y Arthur quedó muy
impresionado por ello. Tomó la mano del anciano y dijo, con voz entre-
cortada:
-¡Oh! Es algo difícil de creer y no lo entiendo. Pero, al menos, debo
ir con usted y observar los acontecimientos.




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