Drácula


Al cabo de una pausa, van Helsing siguió hablando, haciendo un
gran esfuerzo por ser claro:
-La señorita Lucy está muerta; ¿no es así? ¡Sí! Por consiguiente, no
es posible hacerle daño; pero, si no está muerta...
Arthur se puso en pie de un salto.
-¡Santo Dios! -gritó-. ¿Qué quiere usted decir? ¿Ha habido algún
error? ¿La hemos enterrado viva?
Gruñó con una cólera tal que ni siquiera la esperanza podía
suavizarla.
-No he dicho que estuviera viva, amigo mío; no lo creo. Solamente
digo que es posible que sea una "muerta viva", o "no muerta".
-¡Muerta viva! ¡No muerta! ¿Qué quiere usted decir? ¿Es todo esto
una pesadilla, o qué?
-Existen misterios que el hombre solamente puede adivinar, y que
desentraña en parte con el paso del tiempo. Créanme: nos encontramos
actualmente frente a uno de ellos. Pero no he terminado. ¿Puedo cortarle la
cabeza al cadáver de la señorita Lucy?
-¡Por todos los diablos, no! -gritó Arthur, con encendida pasión-.
Por nada del mundo consentiré que se mutile su cadáver. Doctor van Hel-
sing, está usted abusando de mi paciencia. ¿Qué le he hecho para que de-
see usted torturarme de este modo? ¿Qué hizo esa pobre y dulce muchacha
para que desee usted causarle una deshonra tan grande en su tumba? ¿Está
usted loco para decir algo semejante, o soy yo el alienado al escucharlo?
No se permita siquiera volver a pensar en tal profanación. No le daré mi
consentimiento en absoluto. Tengo el deber de proteger su tumba de ese
ultraje. ¡Y les prometo que voy a hacerlo!
Van Helsing se levantó del asiento en que había permanecido sen-
tado durante todo aquel tiempo, y dijo, con gravedad y firmeza:
-Lord Godalming, yo también tengo un deber; un deber para con
los demás, un deber para con usted y para con la muerta. ¡Y le prometo
que voy a cumplir con él! Lo único que le pido ahora es que me acompañe,
que observe todo atentamente y que escuche; y si cuando le haga la misma
petición más adelante no está usted más ansioso que yo mismo porque se
lleve a cabo, entonces... Entonces cumpliré con mi deber, pase lo que pase.
Después, según los deseos de usted, me pondré a su disposición para
rendirle cuentas de mi conducta, cuando y donde usted quiera -la voz del
maestro se apagó un poco, pero continuó, en tono lleno de conmiseración-
: Pero le ruego que no siga enfadado conmigo. En el transcurso de mi vida
he tenido que llevar a cabo muchas cosas que me han resultado profunda-
mente desagradables, y que a veces me han destrozado el corazón; sin em-
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