Bram Stoker


vacilar un momento; aunque le aseguro que no comprendo qué se pro-
pone.
-Acepto sus condiciones -dijo van Helsing-, y lo único que le pido
es que si considera necesario condenar alguno de mis actos, reflexione cui-
dadosamente en ello, para asegurarse de que no se hayan violado sus prin-
cipios morales.
-¡De acuerdo! -dijo Arthur-. Me parece muy justo. Y ahora que ya
hemos terminado las negociaciones, ¿puedo preguntar qué tenemos que
hacer?
-Deseo que vengan ustedes conmigo en secreto, al cementerio de la
iglesia de Kingstead.
El rostro de Arthur se ensombreció, al tiempo que decía, con tono
que denotaba claramente su desconcierto:
-¿En donde está enterrada la pobre Lucy?
El profesor asintió con la cabeza, y Arthur continuó:
-¿Y una vez allí...?
-¡Entraremos en la tumba!
Arthur se puso en pie.
-Profesor, ¿está usted hablando en serio, o se trata de alguna broma
monstruosa? Excúseme, ya veo que lo dice en serio.
Volvió a sentarse, pero vi que permanecía en una postura rígida y
llena de altivez, como alguien que desea mostrarse digno. Reinó el silencio,
hasta que volvió a preguntar:
-¿Y una vez en la tumba?
-Abriremos el ataúd.
-¡Eso es demasiado! -exclamó, poniéndose en pie lleno de ira-. Es-
toy dispuesto a ser paciente en todo cuanto sea razonable; pero, en este
caso..., la profanación de una tumba... de la que ...
Perdió la voz, presa de indignación. El profesor lo miró tristemente.
-Si pudiera evitarle a usted un dolor semejante, amigo mío -dijo-,
Dios sabe que lo haría; pero esta noche nuestros pies hollarán las espinas; o
de lo contrario, más tarde y para siempre, ¡los pies que usted ama hollarán
las llamas!
Arthur levantó la vista, con rostro extremadamente pálido y
descompuesto, y dijo:
-¡Tenga cuidado, señor, tenga cuidado!
-¿No cree usted que será mejor que escuche lo que tengo que de-
cirles? -dijo van Helsing-. Así sabrá usted por lo menos cuáles son los
límites de lo que me propongo. ¿Quieren que prosiga?
-Me parece justo -intervino Morris.

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