Drácula


propio lado frente a la chimenea. Los dos permanecimos silenciosos unos
instantes, y cuando miró hacia la ventana vi los primeros débiles fulgores
de la aurora, que se acercaba. Una extraña quietud parecía envolverlo
todo; pero al escuchar más atentamente, pude oír, como si proviniera del
valle situado más abajo, el aullido de muchos lobos. Los ojos del conde
destellaron, y dijo:
-Escúchelos. Los hijos de la noche. ¡Qué música la que entonan!
Pero viendo, supongo, alguna extraña expresión en mi rostro, se
apresuró a agregar:
-¡Ah, sir! Ustedes los habitantes de la ciudad no pueden penetrar en
los sentimientos de un cazador.
Luego se incorporó, y dijo:
-Pero la verdad es que usted debe estar cansado. Su alcoba esta
preparada, y mañana podrá dormir tanto como desee. Estaré ausente hasta
el atardecer, así que ¡duerma bien, y dulces sueños!
Con una cortés inclinación, él mismo me abrió la puerta que comu-
nicaba con el cuarto octogonal, y entró en mi dormitorio.
Estoy desconcertado. Dudo, temo, pienso cosas extrañas, y yo
mismo no me atrevo a confesarme a mi propia alma. ¡Que Dios me pro-
teja, aunque sólo sea por amor a mis seres queridos!
7 de mayo. Es otra vez temprano por la mañana, pero he descan-
sado bien las últimas 24 horas. Dormí hasta muy tarde, entrado el día. Cu-
ando me hube vestido, entré al cuarto donde habíamos cenado la noche
anterior y encontré un desayuno frío que estaba servido, con el café ca-
liente debido a que la cafetera había sido colocada sobre la hornalla. Sobre
la mesa había una tarjeta en la cual estaba escrito lo siguiente:
"Tengo que ausentarme un tiempo.
No me espere. D."

Me senté y disfruté de una buena comida. Cuando hube terminado,
busqué una campanilla, para hacerles saber a los sirvientes que ya había
terminado, pero no pude encontrar ninguna. Ciertamente en la casa hay
algunas deficiencias raras, especialmente si se consideran las extraordi-
narias muestras de opulencia que me rodean. El servicio de la mesa es de
oro, y tan bellamente labrado que debe ser de un valor inmenso. Las corti-
nas y los forros de las sillas y los sofás, y los cobertores de mi cama, son de
las más costosas y bellas telas, y deben haber sido de un valor fabuloso cu-
ando las hicieron, pues parecen tener varios cientos de años, aunque se
encuentran todavía en buen estado. Vi algo parecido a ellas en Hampton
Court, pero aquellas estaban usadas y rasgadas por las polillas. Pero to-
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