Bram Stoker


-Veremos -dijo el profesor, y movidos por el mismo impulso bus-
camos la salida del cementerio, llevando con nosotros al niño dormido.
Cuando nos hubimos alejado un pequeño trecho, nos recogimos
tras un macizo de árboles, encendimos un fósforo y miramos la garganta
del niño. No tenía ni un arañazo ni cicatriz alguna.
-¿Tenía yo razón? -pregunté triunfalmente.
-Llegamos apenas a tiempo -dijo el profesor, como meditando.
Ahora teníamos que decidir qué íbamos a hacer con el niño, por lo
que consultamos acerca de él. Si lo llevábamos a una estación de policía
tendríamos que dar declaración de nuestro movimiento durante la noche;
por lo menos, tendríamos que declarar de alguna manera como habíamos
encontrado al niño. Así es que finalmente decidimos que lo llevaríamos al
Brezal, y que si oíamos acercarse a un policía lo dejaríamos en un lugar en
donde él tuviera que encontrarlo. Luego podríamos irnos a casa lo más
pronto posible, A la orilla del Brezal de Hampstead, oímos los pesados
pasos de un policía y dejamos al niño a la orilla del camino, y luego es-
peramos y observamos hasta que vimos que él lo había iluminado con su
linterna. Escuchamos sus exclamaciones de asombro y luego nos alejamos
en silencio. Por suerte encontramos un coche cerca de "Los Españoles", y
nos fuimos en él a la ciudad.
No puedo dormir, por lo que estoy haciendo estas anotaciones.
Pero debo tratar de dormir siquiera unas horas, ya que van Helsing vendrá
por mí al mediodía. Insiste en que lo acompañe en otra expedición seme-
jante a la de hoy.
27 de septiembre. Dieron las dos de la tarde antes de que encon-
tráramos una oportunidad para realizar nuestro intento. Un funeral efec-
tuado al mediodía había terminado, y los últimos dolientes rezagados se
alejaban perezosamente en grupos, cuando, mirando cuidadosamente de-
trás de un macizo de arboles de aliso, vimos cómo el sepulturero cerraba la
verja detrás de él. Sabíamos que estaríamos a salvo hasta la mañana en
caso de que lo deseáramos; pero mi maestro me dijo que no necesitaríamos
más que una hora, a lo sumo. Nuevamente sentí esa horrible sensación de
la realidad de las cosas, en la cual cualquier esfuerzo de la imaginación
parece fuera de lugar; y me di cuenta distintamente de las amenazas de la
ley que pendían sobre nosotros debido a nuestro impío trabajo. Además,
sentí que todo era inútil. Delictuoso como fuese el abrir un féretro de
plomo, para ver si una mujer muerta cerca de una semana antes estaba
realmente muerta, ahora me parecía la mayor de las locuras abrir otra vez
esa tumba, cuando sabíamos, por haberlo visto con nuestros propios ojos,
que el féretro estaba vacío. Me encogí de hombros, sin embargo, per-

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