Drácula


Cerró otra vez la tapa del féretro, recogió todas sus cosas y las
metió en el maletín, apagó la luz y colocó la vela en el mismo lugar de an-
tes. Abrimos la puerta y salimos. Detrás de nosotros cerró la puerta y le
echó llave. Me entregó la llave, diciendo:
-¿Quiere guardarla usted? Sería mejor que estuviese bien guardada.
Yo reí, con una risa que me veo obligado a decir que no era muy
alegre, y le hice señas para que la guardara él.
-Una llave no es nada -le dije-, puede haber duplicados; y de todas
maneras, no es muy difícil abrir un candado de esa clase.
Mi maestro no dijo nada, sino que guardó la llave en su bolsillo.
Luego me dijo que vigilara un lado del cementerio mientras él vigilaba el
otro. Ocupé mi lugar detrás de un árbol de tejo, y vi su oscura figura
moviéndose hasta que las lápidas y los árboles lo ocultaron a mi vista.
Fue una guardia muy solitaria. Al poco rato de estar en mi lugar es-
cuché un reloj distante que daba las doce, y a su debido tiempo dió la una y
las dos. Yo estaba tiritando de frío, muy nervioso, y enojado con el pro-
fesor por llevarme a semejante tarea y conmigo mismo por haber acudido.
Estaba demasiado frío y demasiado adormilado para mantener una aguda
observación, pero no estaba lo suficientemente adormilado como para trai-
cionar la confianza del maestro; en resumen, pasé un largo rato muy
desagradable.
Repentinamente, al darme vuelta, pensé ver una franja blanca
moviéndose entre dos oscuros árboles de tejo, en el extremo más lejano de
la tumba al otro lado del cementerio; al mismo tiempo, una masa oscura se
movió del lado del profesor y se apresuró hacia ella. Luego yo también
caminé: pero tuve que dar un rodeo por unas lápidas y unas tumbas cerca-
das, y tropecé con unas sepulturas. El cielo estaba nublado, y en algún
lugar lejano un gallo tempranero lanzó su canto. Un poco más allí, detrás
de una línea de árboles de enebros, que marcaban el sendero hacia la igle-
sia, una tenue y blanca figura se apresuraba en dirección a la tumba. La
propia tumba estaba escondida entre los árboles, y no pude ver donde de-
sapareció la figura. Escuché el crujido de unos pasos sobre las hojas en el
mismo lugar donde había visto anteriormente a la figura blanca, y al llegar
allí encontré al profesor sosteniendo en sus brazos a un niño tierno. Cu-
ando me vio lo puso ante mí, y me dijo:
-¿Está usted satisfecho ahora?
-No -dije yo en una manera que sentí que era agresiva.
-¿No ve usted al niño?
-Sí; es un niño, pero, ¿quién lo trajo aquí? ¿Está herido?


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