Bram Stoker


sosteniéndola de manera que el esperma de ballena caía en blancas gotas
que se congelaban al tocar el metal, buscó y encontró el sarcófago de
Lucy. Otra búsqueda en su maletín, y sacó un destornillador.
-¿Qué va a hacer? -le pregunté.
-Voy a abrir el féretro. Entonces estará usted convencido.
Sin perder tiempo comenzó a quitar los tornillos y finalmente le-
vantó la tapa, dejando al descubierto la cubierta de plomo bajo ella. La
vista de todo aquello casi fue demasiado para mí. Me parecía que era tanto
insulto para la muerta como si se le hubiesen quitado sus vestidos mientras
dormía estando viva; de hecho le sujeté la mano y traté de detenerlo. El
sólo dijo: "Verá usted", y buscando a tientas nuevamente en su maletín
sacó una pequeña sierra de calados. Atravesando un tornillo a través del
plomo mediante un corto golpe hacia abajo, cosa que me estremeció, hizo
un pequeño orificio que, sin embargo, era suficientemente grande para ad-
mitir la entrada de la punta de la sierra. Yo esperé una corriente de gas del
cadáver de una semana. Los médicos, que tenemos que estudiar nuestros
peligros, nos tenemos que acostumbrar a tales cosas, y yo retrocedí hacia
la puerta. Pero mi maestro no se detuvo ni un momento; aserró unos se-
senta centímetros a lo largo de uno de los costados del féretro, y luego a
través y luego por el otro lado hacia abajo. Tomando luego el borde de la
pestaña suelta, lo dobló hacia atrás en dirección a los pies del féretro, y
sosteniendo la vela en la abertura me indicó que echara una mirada.
Me acerqué y miré. El féretro estaba vacío.
Ciertamente me causó una gran sorpresa, y me dio una fuerte im-
presión; pero van Helsing permaneció inmóvil. Ahora estaba más seguro
que antes sobre lo que hacía, y más decidido a proseguir su tarea.
-¿Está usted ahora satisfecho, amigo John? -me preguntó.
Yo sentí que toda la rebeldía agazapada de mi carácter se des-
pertaba dentro de mí, y le respondí:
-Estoy satisfecho de que el cuerpo de Lucy no está en el féretro;
pero eso sólo prueba una cosa...
-¿Y qué es lo que prueba, amigo John?
-Que no está ahí.
-Eso es buena lógica -dijo él-, hasta cierto punto. Pero, ¿cómo
puede usted explicarse que no esté ahí?
-Tal vez un ladrón de cadáveres -sugerí yo-. Alguno de los em-
pleados del empresario de pompas fúnebres pudo habérselo robado.
Yo sentí que estaba diciendo tonterías, y sin embargo, aquella fue la
única causa real que pude sugerir. El profesor suspiró.
-¡Ah! Debemos tener más pruebas. Venga conmigo, John.

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