Bram Stoker


arle un sustituto eficiente, una persona en la cual tengo la más completa
confianza. Es un hombre joven, lleno de energía y de talento, y de gran
ánimo y disposición. Es discreto y silencioso, y ha crecido y madurado a
mi servicio. Estará preparado para atenderlo cuando usted guste durante
su estancia en esa ciudad, y tomará instrucciones de usted en todos los
asuntos."
El propio conde se acercó a mí y quitó la tapa del plato, y de inme-
diato ataqué un excelente pollo asado. Esto, con algo de queso y ensalada,
y una botella de Tokay añejo, del cual bebí dos vasos, fue mi cena. Durante
el tiempo que estuve comiendo el conde me hizo muchas preguntas acerca
de mi viaje, y yo le comuniqué todo lo que había experimentado.
Para ese tiempo ya había terminado la cena, y por indicación de mi
anfitrión había acercado una silla al fuego y había comenzado a fumar un
cigarro que él me había ofrecido al mismo tiempo que se excusaba por no
fumar. Así tuve oportunidad de observarlo, y percibí que tenía una fiso-
nomía de rasgos muy acentuados.
Su cara era fuerte, muy fuerte, aguileña, con un puente muy mar-
cado sobre la fina nariz y las ventanas de ella peculiarmente arqueadas; con
una frente alta y despejada, y el pelo gris que le crecía escasamente al-
rededor de las sienes, pero profusamente en otras partes. Sus cejas eran
muy espesas, casi se encontraban en el entrecejo, y con un pelo tan abun-
dante que parecía encresparse por su misma profusión. La boca, por lo que
podía ver de ella bajo el tupido bigote, era fina y tenía una apariencia más
bien cruel, con unos dientes blancos peculiarmente agudos; éstos sobre-
salían sobre los labios, cuya notable rudeza mostraba una singular vitalidad
en un hombre de su edad. En cuanto a lo demás, sus orejas eran pálidas y
extremadamente puntiagudas en la parte superior; el mentón era amplio y
fuerte, y las mejillas firmes, aunque delgadas. La tez era de una palidez ex-
traordinaria.
Entre tanto, había notado los dorsos de sus manos mientras descan-
saban sobre sus rodillas a la luz del fuego, y me habían parecido bastante
blancas y finas; pero viéndolas más de cerca, no pude evitar notar que eran
bastante toscas, anchas y con dedos rechonchos. Cosa rara, tenían pelos en
el centro de la palma. Las uñas eran largas y finas, y recortadas en aguda
punta. Cuando el conde se inclinó hacia mí y una de sus manos me tocó,
no pude reprimir un escalofrío. Pudo haber sido su aliento, que era fétido,
pero lo cierto es que una terrible sensación de náusea se apoderó de mí, la
cual, a pesar del esfuerzo que hice, no pude reprimir. Evidentemente, el
conde, notándola, se retiró, y con una sonrisa un tanto lúgubre, que mostró
más que hasta entonces sus protuberantes dientes, se sentó otra vez en su

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