Drácula


-Eso es verdad indirectamente, pero no directamente.
-¿Qué quiere decir con eso, profesor? -le pregunté yo. Estaba un
tanto inclinado a tomar en broma su seriedad, pues, después de todo,
cuatro días de descanso y libertad de la ansiedad horripilante y agotadora,
le ayudan a uno a recobrar el buen ánimo. Pero cuando vi su cara, me en-
sombrecí. Nunca; ni siquiera en medio de nuestra desesperación por la po-
bre Lucy, había puesto expresión tan seria.
-¿Cómo? -le dije yo-. No puedo aventurar opiniones. No sé qué
pensar, y no tengo ningún dato sobre el que fundar una conjetura.
-¿Quiere usted decirme, amigo John, que usted no tiene ninguna so-
specha del motivo por el cual murió la pobre Lucy; no la tiene después de
todas las pistas dadas, no sólo por los hechos sino también por mí?
-De postración nerviosa, a consecuencia de una gran pérdida o des-
gaste de sangre.
-¿Y cómo se perdió o gastó la sangre?
Yo moví la cabeza. El maestro se acercó a mí y se sentó a mi lado.
-Usted es un hombre listo, amigo John; y tiene un ingenio agudo,
pero tiene también demasiados prejuicios. No deja usted que sus ojos vean
y que sus oídos escuchen, y lo que está más allá de su vida cotidiana no le
interesa. ¿No piensa usted que hay cosas que no puede comprender, y que
sin embargo existen? ¿Qué algunas personas pueden ver cosas y que otras
no pueden? Pero hay cosas antiguas y nuevas que no deben contempladas
por los ojos de los hombres, porque ellos creen o piensan creer en cosas
que otros hombres les han dicho. ¡Ah, es error de nuestra ciencia querer
explicarlo todo! Y si no puede explicarlo, dice que no hay nada que expli-
car. Pero usted ve alrededor de nosotros que cada día crecen nuevas
creencias, que se consideran a sí mismas nuevas, y que sin embargo son las
antiguas, que pretenden ser jóvenes como las finas damas en la ópera. Yo
supongo que usted no cree en la transferencia corporal. ¿No? Ni en la ma-
terialización. ¿No? Ni en los cuerpos astrales. ¿No? Ni en la lectura del
pensamiento. ¿No? Ni en el hipnotismo...
-Sí -dije yo-. Charcot ha probado esto último bastante bien.
Mi maestro sonrió, al tiempo que continuaba:
-Entonces usted está satisfecho en cuanto a eso. ¿Sí? Y por su-
puesto, entonces usted entiende cómo actúa y puede seguir la mente del
gran Charcot. ¡Lástima que ya no viva! Estaba dentro del alma misma del
paciente que él trataba. ¿No? Entonces, amigo John, debo deducir que
usted simplemente acepta los hechos, y se satisface en dejar completa-
mente en blanco desde la premisa hasta la conclusión. ¿No? Entonces,
dígame, pues soy un estudioso del cerebro, ¿cómo acepta usted el hipno-
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