Drácula


Yo escucharía alabanzas de él para Mina durante un día entero, por
lo que simplemente hice un movimiento con la cabeza y guardé silencio.
-Ella es una de las mujeres de Dios, confeccionadas por sus propias
manos para mostrarnos a los hombres y a otras mujeres que existe un cielo
en donde podemos entrar, y que su luz puede estar aquí en la tierra. Tan
veraz, tan dulce, tan noble, tan desinteresada, y eso, permítame decirle a
usted, es mucho en esta edad tan escéptica y egoísta. Y usted, señor, he
leído todas las cartas para la pobre señorita Lucy, y algunas de ellas hablan
de usted, de tal manera que por medio del conocimiento de otros lo
conozco a usted desde hace algunos días; pero he conocido su verdadera
personalidad desde anoche. Me dará usted su mano, ¿verdad que sí? Y
seamos amigos para toda la vida.
Nos estrechamos las manos, y él se comportó tan serio y tan amable
que por un momento me sentí sofocado.
-Y ahora -dijo él-, ¿podría pedirle un poco de ayuda más? Tengo
que llevar a cabo una gran tarea, y al principio debo saber algo más. En eso
me puede ayudar usted. ¿Puede usted decirme qué pasó antes de irse usted
a Transilvania? Más tarde puede ser que le pida más ayuda, de diferente
índole; pero de momento con esto bastará.
-Mire, un momento, señor -le dije-, ¿lo que usted tiene que hacer
está relacionado con el conde?
-Lo está -me dijo solemnemente.
-Entonces estoy con usted en cuerpo y alma. Como va a partir en el
tren de las 10:30 no tendrá usted tiempo para leerlos, pero le traeré el rollo
de papeles. Puede llevárselos y leerlos en el tren durante el viaje.
Después del desayuno lo acompañé a la estación. Cuando nos
estábamos despidiendo, dijo:
-Tal vez vendrá usted a la ciudad cuando yo lo llame, y traiga tam-
bién a la señora Mina.
-Ambos llegaremos cuando usted nos lo pida.
Yo le había comprado los periódicos de la mañana y los periódicos
de Londres de la noche anterior, mientras hablábamos por la ventanilla del
coche, esperando que el tren partiera; él comenzó a hojearlos. Sus ojos
parecieron repentinamente captar algo en uno de ellos: La Gaceta de
Westminster; yo lo reconocí por el color, y se puso bastante pálido. Leyó
algo intensamente murmurando para sí mismo: "¡Mein Gott! ¡Mein Gott!
¡Tan pronto! ¡Tan pronto!" No creo que se acordase de mí en esos mo-
mentos. En esos mismos instantes sonó el silbato y el tren arrancó. Esto
pareció volverlo en sí, y se inclinó por la ventanilla agitando su mano y


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