Drácula


-¡Un susto, y después de la fiebre cerebral tan cercana! Eso no es
bueno. ¿Qué clase de susto fue?
-Pensó que vio a alguien que le recordaba cosas terribles; aconteci-
mientos que le causaron la fiebre cerebral.
Y al decir aquello toda la historia pareció sobrecogerme repentina-
mente. La lástima por Jonathan, el horror que había experimentado, todo
el aterrador misterio de su diario, y el temor que me había estado rondando
desde entonces, todo se me representó en tumulto. Supongo que yo estaba
histérica, pues caí de rodillas y levanté mis dos manos hacia él, implorán-
dole que curara a mi marido y lo dejara sano otra vez. El me tomó de las
manos y me levantó, y me hizo sentarme en el sofá, sentándose él a mi
lado; me sujetó las manos en las suyas, y me dijo con una indecible ternura:
-Mi vida es yerma y solitaria, y tan llena de trabajo que no he tenido
mucho tiempo para la amistad, pero desde que he sido llamado aquí por mi
amigo John Seward he llegado a conocer a tanta gente buena, y he visto
tanta nobleza que siento más que nunca, y esto ha ido creciendo al avanzar
mis años, la soledad de mi vida. Créame, entonces, que yo vengo aquí
lleno de respeto por usted, y usted me ha dado esperanza... Esperanza, no
de lo que yo estoy buscando, sino de que todavía quedan mujeres buenas
para hacer la vida feliz... Mujeres buenas, cuyas vidas y cuyas verdades
pueden ser buenas lecciones para los hombres del mañana. Estoy muy
contento de poderle ser útil a usted, pues si su marido sufre, sufre dentro
de los dominios de mis estudios y experiencias. Le prometo a usted que
haré con gusto todo lo que pueda por él; todo lo que pueda por hacer su
vida más fuerte, y que también la vida de usted sea feliz. Ahora debe usted
comer. Está usted agotada y tal vez emocionada. A su esposo no le gus-
tará verla pálida; y lo que no le gusta de la que ama, no es bueno para él.
Por lo tanto, por amor a él debe usted comer y sonreír. Ya me lo ha dicho
usted todo acerca de Lucy, así es que ahora no hablaremos sobre ello, pues
puede molestarla. Me quedaré esta noche en Exéter, pues quiero pensar
mucho sobre lo que usted me dijo, y cuando haya pensado le haré a usted
preguntas, si me lo permite. Y luego, también me contara usted los prob-
lemas de su esposo tanto como pueda, pero todavía no. Ahora debe
comer; después hablaremos largo y tendido.
Después de la comida, cuando ya habíamos regresado a la sala, me
dijo:
-Y ahora, cuénteme acerca de él.
En el momento en que iba a comenzar a hablarle a este gran hom-
bre, empecé a sentir miedo de que creyese que yo era una tontuela y
Jonathan un loco (siendo su diario tan extraordinariamente extraño), y por
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