Bram Stoker


como la lluvia sobre las cuerdas nos atirantan, hasta que quizá la tirantez se
vuelve demasiado grande y nos rompemos. Pero la reina risa, ella viene
como la luz del sol, y alivia nuevamente la tensión; y podemos soportar y
continuar con nuestra labor, cualquiera que sea.
No quise herirlo pretendiendo que no veía su idea; pero, como de
todas maneras no entendía las causas de su regocijo, le pregunté. Cuando
me respondió, su rostro se puso muy serio, y me dijo en un tono bastante
diferente:
-Oh, fue la triste ironía de todo eso, esta encantadora dama engala-
nada con flores, que se veía tan fresca como si estuviese viva, de modo que
uno por uno dudamos de si en realidad estaba muerta; ella yaciendo en esa
fina casa de mármol en el cementerio solitario, donde descansan tantas de
su clase, yacía allí con su madre que tanto la amaba, y a quien ella amaba a
su vez; y aquella sagrada campana haciendo: ¡dong!, ¡dong!, ¡dong!, tan
triste y despacio; y aquellos santos hombres, con los blancos vestidos del
ángel, pretendiendo leer libros, y sin embargo, todo el tiempo sus ojos
nunca estaban en una página; y todos nosotros con la cabeza inclinada. ¿Y
todo para qué? Ella está muerta; así pues, ¿o no?
-Bien, pues por mi vida, profesor -le dije yo-, yo no veo en todo eso
nada que cause risa. La verdad es que su explicación lo hace más difícil de
entender todavía. Pero aunque el servicio fúnebre haya sido cómico, ¿qué
hay del pobre Art y de sus problemas? Pues yo creo que su corazón se es-
taba sencillamente rompiendo.
-Justamente. ¿Dijo él que la transfusión de su sangre a las venas de
ella la había hecho su verdadera esposa?
-Sí, y fue una idea dulce y consoladora para él.
-Así es. Pero había una dificultad, amigo John. Si así era, ¿qué hay
de los otros? ¡Jo, jo! Pues esta pobre y dulce doncella es una poliándrica, y
yo, con mi pobre mujer muerta para mí pero viva para la ley de la iglesia,
aunque sin chistes, libre de todo, hasta yo, que soy fiel marido a esta actual
no-esposa, soy un bígamo.
-Pues tampoco veo aquí donde está el chiste -dije yo, y no me sentí
muy alegre con él porque estuviese diciendo esas cosas. El puso su mano
sobre mi brazo y dijo:
-Amigo John, perdóneme si causo dolor. No le mostré mis sen-
timientos a otros cuando hubieran herido, sino sólo a usted, mi viejo
amigo, en quien puedo confiar. Si usted hubiera podido mirar dentro de mi
propio corazón entonces, cuando yo quería reír; si usted hubiera podido
hacerlo cuando la risa llegó, si usted lo pudiera hacer, cuando la reina risa
ha empacado sus coronas, y todo lo que es de ella, pues se va lejos, muy

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