Drácula


puso a llorar y yo tuve que bajar las celosías para que nadie nos pudiera ver
y malinterpretar la situación; y entonces lloró hasta que rió otra vez; y río y
lloró al mismo tiempo, tal como hace una mujer. Yo traté de ser riguroso
con él, de la misma manera que se es con una mujer en iguales circunstan-
cias; pero no dio efecto. ¡Los hombres y las mujeres son tan diferentes en
su fortaleza o debilidad nerviosa! Luego, cuando su rostro se volvió
nuevamente grave y serio, le pregunté el motivo de su júbilo y por qué
precisamente en aquellos momentos. Su réplica fue en cierta manera car-
acterística de él, pues fue lógica, llena de fuerza y misterio. Dijo:
-Ah, usted no comprende, amigo John. No crea que no estoy triste,
aunque río. Fíjese, he llorado aun cuando la risa me ahogaba. Pero no pi-
ense más que estoy todo triste cuando lloro, pues la risa hubiera llegado de
la misma manera. Recuerde siempre que la risa que toca a su puerta, y
dice: "¿puedo entrar?", no es la verdadera risa. ¡No! La risa es una reina, y
llega cuando y como quiere. No pregunta a persona alguna; no escoge
tiempo o adecuación. Dice: "aquí estoy". Recuerde, por ejemplo, yo me
dolí en el corazón por esa joven chica tan dulce; yo doy mi sangre por ella,
aunque estoy viejo y gastado; di mi tiempo, mi habilidad, mi sueño; dejo a
mis otros que sufran necesidad para que ella pueda tener todo. Y sin em-
bargo, puedo reír en su propia tumba, reír cuando la tierra de la pala del
sepulturero caía sobre su féretro y decía ¡tud!, ¡tud!, sobre mi corazón,
hasta que éste retiró de mis mejillas la sangre. Mi corazón sangró por ese
pobre muchacho, ese muchacho querido, tan de la edad en que estuviera
mi propio muchacho si bendecidamente viviera, y con su pelo y sus ojos
tan iguales. Vaya, ahora usted sabe por qué yo lo quiero tanto. Y sin em-
bargo, cuando él dice cosas que conmueven mi corazón de hombre tan
profundamente, y hacen mi corazón de padre nostálgico de él como de
ningún otro hombre, ni siquiera de usted, amigo John, porque nosotros
estamos más equilibrados en experiencias que un padre y un hijo, pues aun
entonces, en esos momentos, la reina risa viene a mí y grita y ruge en mi
oído: "¡aquí estoy, aquí estoy!", hasta que la risa viene bailando
nuevamente y trae consigo algo de la luz del sol que ella me lleva a las me-
jillas. Oh, amigo John, es un mundo extraño, un mundo lleno de miserias, y
amenazas, y problemas, y sin embargo, cuando la reina risa viene hace que
todos bailemos al son de la tonada que ella toca. Corazones sangrantes, y
secos huesos en los cementerios, y lágrimas que queman al caer..., todos
bailan juntos la misma música que ella ejecuta con esa boca sin risa que
posee. Y créame, amigo John, que ella es buena de venir, y amable. Ah,
nosotros hombres y mujeres somos como cuerdas en medio de diferentes
fuerzas que nos tiran de diferentes rumbos. Entonces vienen las lágrimas; y
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