Bram Stoker


y saber lo que contiene. ¡Oh, Jonathan, tú me perdonarás, lo sé, si hago
mal, pero es por tu propio y sagrado bien!
Más tarde. Fue un regreso triste a casa en todos aspectos: la casa
vacía del querido difunto que fuera tan bondadoso con nosotros: Jonathan
todavía pálido y aturdido bajo una ligera recaída de su enfermedad, ahora
un telegrama de van Helsing, quienquiera que sea: "Tengo la pena de par-
ticiparle que la señora Westenra murió hace cinco días, y que Lucy murió
anteayer. Ambas fueron enterradas hoy."
¡Oh, qué cúmulo de dolores en tan pocas palabras! ¡Pobre señora
Westenra! ¡Pobre Lucy! ¡Se han ido; se han ido para no regresar nunca
más a nosotros! ¡Y pobre, pobre Arthur, que ha perdido una dulzura tal de
su vida! Dios nos ayude a sobrellevar todos nuestros pesares.

Del diario del doctor Seward
22 de septiembre. Todo ha culminado. Arthur ha regresado a Ring
y se ha llevado consigo a Quincey Morris. ¡Qué magnífico tipo es este
Quincey! Creo en lo más profundo de mi corazón que él sufrió tanto como
cualquiera de nosotros dos por la muerte de Lucy; pero supo sobreponerse
a su dolor como un estoico. Si América puede seguir produciendo hom-
bres como este, no cabe la menor duda de que llegará a ser una gran po-
tencia en el mundo. Van Helsing está acostado, tomándose un descanso
preparatorio para su viaje. Se va a ir hoy por la noche a Amsterdam, pero
dice que regresará mañana por la noche; que sólo quiere hacer algunos
arreglos que únicamente pueden efectuarse en persona. Cuando regrese, si
puede, se quedará en mi casa; dice que tiene trabajo que hacer en Londres
que le puede llevar cierto tiempo. ¡Pobre viejo amigo! Temo que el es-
fuerzo de las últimas semanas ha roto hasta su fortaleza de hierro. Durante
todo el tiempo del funeral, pude ver que él estaba haciendo un terrible es-
fuerzo por refrenarse. Cuando todo hubo pasado, estábamos parados al
lado de Arthur, quien, pobrecito, estaba hablando de su parte en la opera-
ción cuando su sangre fue transferida a las venas de Lucy; pude ver que el
rostro de van Helsing se ponía blanco y morado alternadamente. Arthur
estaba diciendo que desde entonces sentía como si los dos hubiesen estado
realmente casados y que ella era su mujer a los ojos de Dios. Ninguno de
nosotros dijo una palabra de las otras operaciones, y ninguno de nosotros
la dirá jamás. Arthur y Quincey se fueron juntos a la estación, y van Hel-
sing y yo nos vinimos para acá. En el momento que estuvimos solos en el
carruaje dio rienda suelta a un ataque regular de histeria. Desde entonces
se ha negado a admitir que fue histeria, e insiste que sólo fue su sentido del
humor manifestándose bajo condiciones muy terribles. Rió hasta que se

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