Bram Stoker


y después de arrodillarse un rato al lado de la cama y mirarla a ella larga y
amorosamente, se alejó. Le dije que ese tenía que ser el adiós, ya que el
féretro tenía que ser preparado, por lo que regresó y tomó su mano muerta
en la de él, la besó, y se inclinó y besó su frente. Luego se retiró, mirando
amorosamente sobre su hombro hacia ella a medida que se alejaba.
Lo dejé en la sala y le conté a van Helsing que Arthur ya se había
despedido de su amada; por lo que fue a la cocina a decir a los empleados
del empresario de pompas fúnebres que continuaran los preparativos y
atornillaran el féretro. Cuando salió otra vez del cuarto, le referí la
pregunta de Arthur, y él replicó:
-No me sorprende. ¡Precisamente hace un momento yo dudaba de
lo mismo!
Cenamos todos juntos, y pude ver como el pobre Art trataba de
hacer las cosas lo mejor posible. Van Helsing guardó silencio durante todo
el tiempo de la cena, pero cuando encendimos nuestros cigarrillos, dijo:
-Lord...
Mas Arthur lo interrumpió:
-No, no, eso no, ¡por amor de Dios! De todas maneras, todavía no.
Perdóneme, señor, no quise ofenderlo; es sólo porque mi pérdida es muy
reciente.
El profesor respondió muy amablemente:
-Sólo usé ese título porque estaba en duda. No debo llamarlo a
usted "señor" y le he tomado mucho cariño; sí, mi querido muchacho,
mucho cariño; le llamaré Arthur.
Arthur extendió la mano y estrechó calurosamente la del viejo.
-Llámeme como usted quiera -le dijo-. Y espero que siempre tenga
el título de amigo. Y déjeme decirle que no encuentro palabras para agra-
decerle todas sus bondades para con mi pobre amada -hizo una pausa y
luego continuó-. Yo sé que ella comprendió sus bondades incluso mejor
que yo; y si fui rudo o de cualquier forma molesto cuando usted actuó ex-
trañamente, ¿lo recuerda? -el profesor asintió-, debe usted perdonarme.
Mi maestro contestó con solemne bondad:
-Sé que fue terrible para usted darme su confianza entonces, pues
para confiar en tales violencias se necesita comprender; y yo supongo que
usted no confía en mí ahora, no puede confiar, pues todavía no lo com-
prende. Y puede haber otras ocasiones en que yo quiera que usted confíe
cuando no pueda, o no deba, y todavía no llegue a comprender. Pero lle-
gará el tiempo en que su confianza en mí será irrestricta, y usted compren-
derá, como si la misma luz del sol penetrara en su mente. Entonces, me



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