Drácula


que cuando llegara Arthur se evitaran tantas malas impresiones como fuera
posible.
¡Pobre hombre! Estaba desesperadamente triste y abatido; hasta su
hombría de acero parecía haberse reducido algo bajo la tensión de sus
múltiples emociones. Había estado, lo sé, genuina y devotamente vincu-
lado a su padre; y perderlo, en una ocasión como aquella, era un amargo
golpe para él. Conmigo estuvo más afectuoso que nunca, y fue dulcemente
cortés con van Helsing; pero no pude evitar ver que había alguna reticencia
en él. El profesor lo notó también y me hizo señas para que lo llevara ar-
riba. Lo hice y lo dejé a la puerta del cuarto, ya que sentí que él desearía
estar completamente solo con ella, pero él me tomó del brazo y me con-
dujo adentro, diciendo secamente:
-Tú también la amabas, viejo amigo; ella me contó todo acerca de
ello, y no había amigo que tuviese un lugar más cercano en su corazón que
tú. Yo no sé como agradecerte todo lo que has hecho por ella. Todavía no
puedo pensar...
Y aquí repentinamente mostró su abatimiento, y puso sus brazos al-
rededor de mis hombros haciendo descansar su cabeza en mi pecho,
llorando:
-¡Oh, Jack! ¡Jack! ¿Qué haré? Toda la vida parece habérseme ido
de golpe, y no hay nada en el ancho mundo por lo que desee vivir.
Lo consolé lo mejor que pude. En tales casos, los hombres no nece-
sitan mucha expresión. Un apretón de manos, o palmadas sobre los hom-
bros, un sollozo al unísono, son expresiones agradables para el corazón del
hombre. Yo permanecí quieto y en silencio hasta que dejó de sollozar, y
luego le dije suavemente:
-Ven y mírala.
Juntos caminamos hacia la cama, y yo retiré el sudario de su cara.
¡Dios! Qué bella estaba. Cada hora parecía ir acrecentando su hermosura.
En alguna forma aquello me asombró y me asustó; y en cuanto a Arthur, él
cayó temblando, y finalmente fue sacudido con la duda como si fuese un
escalofrío. Después de una larga pausa, me dijo, exhalando un suspiro muy
débil:
-Jack, ¿está realmente muerta?
Yo le aseguré con tristeza que así era, y luego le sugerí (pues sentí
que una duda tan terrible no debía vivir ni un instante más del que yo pu-
diera permitirlo) que sucedía frecuentemente que después de la muerte los
rostros se suavizaban y aun recobraban su belleza juvenil; esto era espe-
cialmente así cuando a la muerte le había precedido cualquier sufrimiento
agudo o prolongado. Pareció que mis palabras desvanecían cualquier duda,
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