Bram Stoker


mente para Arthur Holmwood. Cuando nos hubo dicho todo eso, con-
tinuó:
-Francamente, nosotros hicimos lo posible por impedir tal disposi-
ción testamentaria, y señalamos ciertas contingencias que podían dejar a su
hija ya sea sin un centavo, o no tan libre como debiera ser para actuar
teniendo en cuenta una alianza matrimonial. De hecho, presionamos tanto
sobre el asunto que casi llegamos a un choque, pues ella nos preguntó si
estábamos o no estábamos preparados para cumplir sus deseos. Por su-
puesto, no tuvimos otra alternativa que aceptar. En principio, nosotros
teníamos razón, y noventa y nueve veces de cada cien hubiéramos podido
probar, por la lógica de los acontecimientos, la cordura de nuestro juicio.
Sin embargo, francamente, debo admitir que en este caso cualquier otra
forma de disposición hubiera resultado en la imposibilidad de llevar a cabo
sus deseos. Pues su hija hubiera entrado en posesión de la propiedad y,
aunque ella sólo le hubiera sobrevivido a su madre cinco minutos, su
propiedad, en caso de que no hubiera testamento, y un testamento era
prácticamente imposible en tal caso, hubiera sido tratada a su defunción
como ab intestato. En cuyo caso, lord Godalming, aunque era un amigo
íntimo de ellas, no podría tener ningún derecho. Y los herederos, siendo
parientes lejanos, no abandonarían tan fácilmente sus justos derechos, por
razones sentimentales referidas a una persona totalmente extraña. Les ase-
guro, mis estimados señores, que estoy feliz por el resultado; muy feliz.
Era un buen tipo, pero su felicidad por aquella pequeña parte (en la
cual estaba oficialmente interesado) en medio de una tragedia tan grande,
fue una lección objetiva de las limitaciones de la conmiseración.
No permaneció mucho tiempo, pero dijo que regresaría más tarde
durante el día y vería a lord Godalming. Su llegada, sin embargo, había
sido un cierto alivio para nosotros, ya que aseguraba que no tendríamos la
amenaza de críticas hostiles por ninguno de nuestros actos. Se esperaba
que Arthur llegara a las cinco, por lo que poco antes de esa hora visitamos
la cámara mortuoria. Y así podía llamarse de verdad, pues ahora tanto ma-
dre como hija yacían en ella. El empresario de pompas fúnebres, fiel a su
habilidad, había hecho la mejor exposición de sus bienes que poseía, y en
todo el lugar había una atmósfera tétrica que inmediatamente nos de-
primió. Van Helsing ordenó que se pusiera todo como estaba antes, expli-
cando que, como pronto llegaría lord Godalming, sería menos desgarrador
para sus sentimientos ver todo lo que quedaba de su fiancée a solas. El
empresario pareció afligido por su propia estupidez y puso todo empeño
en volver a arreglarlo todo tal como había estado la noche anterior, para



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