Drácula


nosotros hay días extraños y terribles. Seamos no dos, sino uno, para po-
der trabajar con éxito. ¡Tendrá usted fe en mí?"
Tomé su mano y se lo prometí. Mientras él se alejaba, mantuve mi
puerta abierta y lo observé entrar en su cuarto y cerrar la puerta. Mientras
estaba sin moverme, vi a una de las sirvientas pasar silenciosamente a lo
largo del corredor (iba de espaldas a mí, por lo que no me vio) y entrar en
el cuarto donde yacía Lucy. Esto me impresionó. ¡La devoción es tan rara,
y nos sentimos tan agradecidos para con aquellos que la demuestran hacia
nuestros seres queridos sin que nosotros se lo pidamos...! Allí estaba una
pobre muchacha sobreponiéndose a los terrores que naturalmente sentía
por la muerte, para ir a hacer guardia solitaria junto al féretro de la patrona
a quien amaba, para que la pobre no estuviese solitaria hasta que fuese
colocada para su eterno descanso...
Debo haber dormido larga y profundamente, pues ya era pleno día
cuando van Helsing me despertó al entrar en mi cuarto. Llegó hasta cerca
de mi cama, y dijo:
-No necesita molestarse por los bisturíes. No lo haremos.
-¿Por qué no? -le pregunté, pues la solemnidad que había mani-
festado la noche anterior me había impresionado profundamente.
Porque -dijo, solemne- es demasiado tarde... o demasiado tem-
prano. ¡Vea! -añadió, sosteniendo en su mano el pequeño crucifijo dorado-
Esto fue robado durante la noche.
-¿Cómo? ¿Robado? -le pregunté con asombro-. Si usted lo tiene
ahora...
-Porque lo he recobrado de la inútil desventurada que lo robó; de la
mujer que robó a los muertos y a los vivos. Su castigo seguramente lle-
gará, pero no por mi medio: ella no sabía lo que hacía, y por ignorancia,
sólo robó. Ahora, debemos esperar.
Se alejó al decir esto, dejándome con un nuevo misterio en que pen-
sar, un nuevo rompecabezas con el cual batirme.
La mañana pasó sin incidentes, pero al mediodía llegó el abogado:
el señor Marquand, de Wholeman, hijos, Marquand & Lidderdale. Se mo-
stró muy cordial y agradecido por lo que habíamos hecho, y nos quitó de
las manos todos los cuidados relativos a los detalles. Durante el almuerzo
nos dijo que la señora Westenra había estado esperando una muerte repen-
tina por su corazón desde algún tiempo, y había puesto todos sus asuntos
en absoluto orden; nos informó que, con la excepción de cierta propiedad
con título del padre de Lucy, que ahora, a falta de heredero directo, se iba
a una rama distante de la familia, todo el patrimonio quedaba absoluta-


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