Bram Stoker


y muerte que hacen temblar a los otros. ¡Oh! Pero no debo olvidar, mi
querido amigo John, que usted la amaba; y no lo he olvidado, pues soy yo
el que va a operar y usted no debe ayudar. Me gustaría hacerlo hoy por la
noche, pero por Arthur no lo haré; él estará libre después de los funerales
de su padre mañana y querrá verla a ella, ver eso. Luego, cuando ella ya
esté en el féretro al día siguiente, usted y yo vendremos cuando todos
duerman. Destornillaremos la tapa del féretro y haremos nuestra opera-
ción; luego lo pondremos todo en su lugar, para que nadie se entere, salvo
nosotros.
-Pero, ¿por qué debemos hacer eso? La muchacha está muerta.
¿Por qué mutilar innecesariamente su pobre cuerpo? Y si no hay necesidad
de una autopsia y nada se puede ganar con ella (no se beneficia a Lucy, no
nos beneficiamos nosotros, ni la ciencia, ni el conocimiento humano), ¿por
qué debemos hacerlo? Tal cosa es monstruosa.
Por toda respuesta, él puso la mano sobre mi hombro, y dijo des-
pués, con infinita ternura:
-Amigo John, me compadezco de su pobre corazón sangrante; y lo
quiero más porque sangra de esa manera. Si pudiera, yo mismo tomaría la
carga que usted lleva. Pero hay cosas que usted ignora, y que sin embargo
conocerá, y me bendecirá por saberlas, aunque no son cosas agradables.
John, hijo mío, usted ha sido amigo mío desde hace muchos años, pero,
¿supo usted que alguna vez yo hiciera alguna cosa sin una buena razón?
Puedo equivocarme, sólo soy un hombre: pero creo en todo lo que hago.
¿No fue por esto por lo que usted envió por mí cuando se presentó el gran
problema? ¡Sí! ¿No estaba usted asombrado, más bien horrorizado, cuando
yo no permití que Arthur besara a su amada, a pesar de que ella se estaba
muriendo, y lo arrastré con todas mis fuerzas? ¡Sí! Sin embargo, usted vio
como ella me agradeció, con sus bellos ojos moribundos, su voz también
tan débil, y besó mi ruda y vieja mano y me bendijo. ¿Y no me oyó usted
hacer una promesa a ella para que así cerrara agradecida los ojos? ¡Sí!
"Bien, ahora tengo una buena razón para todo lo que quiero hacer.
Muchos años usted ha confiado en mí; en las semanas pasadas usted ha
creído en mí, cuando ha habido cosas tan extrañas que bien hubiera podido
dudar. Confíe en mí todavía un poco más, amigo John. Si no confía en mí,
entonces debo decir lo que pienso; y eso tal vez no esté bien. Y si yo tra-
bajo, como trabajaré, no importa la confianza ni la desconfianza, sin la
confianza de mi amigo en mí, trabajo con el corazón pesado, y siento, ¡oh!,
que estoy solo cuando deseo toda la ayuda y el valor que puede haber -
hizo una pausa un momento, y continuó solemnemente-: Amigo John, ante



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