Bram Stoker


El se detuvo para besarla, pero van Helsing le ordenó que se reti-
rara.
-No -le susurró-, ¡todavía no! Sostenga su mano; le dará más con-
suelo.
Así es que Arthur le tomó la mano y se arrodilló al lado de ella, y
ella resplandeció, con todas las suaves líneas haciendo juego con la angeli-
cal belleza de sus ojos. Entonces, gradualmente, sus ojos se cerraron y se
hundió en el sueño. Por un corto tiempo su pecho se elevó suavemente; y
subió y bajó como el de un niño cansado.
Luego, insensiblemente, llegó el extraño cambio que yo había no-
tado durante la noche.
Su respiración se volvió estertórea, abrió la boca, y las pálidas
encías estiradas hacia atrás hicieron que los dientes parecieran más largos y
agudos que nunca. Abrió los ojos de una manera vaga, sonámbula, como
inconsciente, reflejando ahora al mismo tiempo vaguedad y dureza, y dijo
en una voz suave y voluptuosa, tal como yo nunca la había escuchado en
sus labios:
-¡Arthur! ¡Oh, mi amor, estoy tan feliz de que hayas venido!
¡Bésame!
Arthur se inclinó ansiosamente para besarla, pero en ese mismo in-
stante van Helsing, quien, como yo, había estado asombrado por la voz de
la joven, se precipitó sobre el novio y, sujetándolo por el cuello con ambas
manos, lo arrastró hacia atrás con una fuerza que yo nunca creí pudiera
poseer, y de hecho lo lanzó casi al otro lado del cuarto.
-¡Nunca en su vida! -le dijo-; ¡no lo haga, por amor a su alma y a la
de ella!
Y luego, se situó entre los dos como un león acorralado.
Arthur estaba tan sorprendido que por un momento no encontró
qué hacer ni qué decir; y antes de que ningún impulso de violencia pudiera
apoderarse de él, se dio cuenta del lugar y de las circunstancias y se quedó
en silencio, esperando.
Yo mantuve los ojos fijos en Lucy, lo mismo que van Helsing, y
vimos un espasmo de ira pasar rápidamente como una sombra por su
rostro; los agudos dientes se cerraron de golpe. Luego sus ojos se cerraron
y ella respiró pesadamente.
Al poco tiempo sus ojos se abrieron con toda su suavidad, y ex-
tendiendo su pobre mano pálida y delgada, tomó la pesada y oscura mano
de van Helsing; acercándosela, la besó.




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