Drácula


quiera que ella entrara a ese estado letárgico, con respiración estertórea,
tratara de quitarse las flores, pero que al despertar las sujetara. No había
ninguna posibilidad de cometer un error acerca de esto, pues en las largas
horas que siguieron tuvo muchos períodos de sueño y vigilia, y repitió am-
bas acciones muchas veces.
A las seis de la mañana, van Helsing llegó a relevarme. Arthur había
caído en un sopor, y bondadosamente él le permitió que siguiera dur-
miendo. Cuando vio el rostro de Lucy pude escuchar la siseante aspiración
de su boca, y me dijo en un susurro agudo:
-Suba la celosía; ¡quiero luz!
Luego se inclinó y, con su rostro casi tocando el de Lucy, la ex-
aminó cuidadosamente. Quitó las flores y luego retiró el pañuelo de seda
de su garganta. Al hacerlo retrocedió, y yo pude escuchar su exclamación:
"¡Mein Gott!", que se quedó a media garganta. Yo me incliné y miré tam-
bién, y cuando lo hice, un extraño escalofrío me recorrió el cuerpo.
Las heridas en la garganta habían desaparecido por completo.
Durante casi cinco minutos van Helsing la estuvo mirando, con el
rostro serio y crispado como nunca. Luego se volvió hacia mí y me dijo
calmadamente:
-Se está muriendo. Ya no le quedará mucho tiempo. Habrá mucha
diferencia, créamelo, si muere consciente o si muere mientras duerme.
Despierte al pobre muchacho y déjelo que venga y vea lo último; él confía
en nosotros, y se lo habíamos prometido.
Bajé al comedor y lo desperté. Estuvo aturdido por un momento,
pero cuando vio la luz del sol entrando a través de las rendijas de las per-
sianas pensó que ya era tarde, y me expresó su temor. Yo le aseguré que
Lucy todavía dormía, pero le dije tan suavemente como pude que tanto
van Helsing como yo temíamos que el fin estaba cerca. Se cubrió el rostro
con las manos y se deslizó sobre sus rodillas al lado del sofá, donde per-
maneció, quizá un minuto, con la cabeza agachada, rezando, mientras sus
hombros se agitaban con el pesar. Yo lo tomé de la mano y lo levanté.
-Ven -le dije , mi querido, viejo amigo; reúne toda tu fortaleza: será
lo mejor y lo más fácil para ella. Cuando llegamos al cuarto de Lucy pude
ver que van Helsing, con su habitual previsión, había estado poniendo to-
das las cosas en su sitio y haciendo que todo estuviera tan agradable como
fuera posible. Incluso le había cepillado el pelo a Lucy, de manera que éste
se desparramaba por la almohada en sus habituales rizos de oro. Cuando
entramos en el cuarto, ella abrió los ojos, y al verlo a él susurró débilmente:
-¡Arthur! ¡Oh, mi amor, estoy tan contenta de que hayas venido!


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