Bram Stoker


Cuando Lucy despertó por la tarde, su primer movimiento fue de
palparse el pecho, y, para mi sorpresa, extrajo de él el papel que van Hel-
sing me había dado a leer. El cuidadoso profesor lo había colocado otra
vez en su sitio, para evitar que al despertarse ella pudiera sentirse alar-
mada. Sus ojos se dirigieron a van Helsing y a mí y se alegraron. Entonces
miró alrededor del cuarto y, viendo donde se encontraba, tembló; dio un
grito agudo y puso sus pobres y delgadas manos sobre su pálido rostro.
Ambos entendimos lo que significaba (se había dado plena cuenta de la
muerte de su madre), por lo que tratamos de consolarla. No cabe la menor
duda de que nuestra conmiseración la tranquilizó un poco, pero de todas
maneras siguió muy desalentada y se quedó sollozando silenciosa y débil-
mente durante largo tiempo. Le dijimos que cualquiera de nosotros dos, o
ambos, permaneceríamos con ella todo el tiempo, y eso pareció consolarla
un poco. Hacia el atardecer cayó en una especie de aturdimiento. Entonces
ocurrió algo muy extraño. Mientras todavía dormía sacó el papel de su
pecho y lo rompió en dos pedazos. Van Helsing se adelantó y le quitó los
pedazos de las manos. De todas maneras, ella siguió con la intención de
romper, como si todavía tuviese el material en los dedos; finalmente le-
vantó las manos y las abrió, como si esparciera los fragmentos. Van Hel-
sing pareció sorprendido y sus cejas se unieron como si pensara, pero no
dijo nada.
19 de septiembre. Toda la noche pasada durmió precariamente,
sintiendo siempre miedo de dormirse y aparentando estar un poco más dé-
bil cada vez que despertaba. El profesor y yo nos turnamos en la vigilancia,
y no la dejamos ni un solo momento sin atender. Quincey Morris no dijo
nada acerca de su intención, pero yo sé que toda la noche se estuvo pase-
ando alrededor de la casa.
Cuando llegó el día, su esclarecedora luz mostró los estragos en la
fortaleza de la pobre Lucy. Apenas si era capaz de volver su cabeza, y los
pocos alimentos que pudo tomar parecieron no hacer ningún provecho.
Por ratos durmió, y tanto van Helsing como yo anotamos la diferencia en
ella, mientras dormía y mientras estaba despierta. Mientras dormía se veía
más fuerte, aunque más trasnochada, y su respiración era más suave; su
abierta boca mostraba las pálidas encías retiradas de los dientes, que de
esta manera positivamente se veían más largos y agudos que de costumbre;
al despertarse, la suavidad de sus ojos cambiaba evidentemente la expre-
sión, pues se veía más parecida a sí misma, aunque agonizando. Por la
tarde preguntó por Arthur, y nosotros le telegrafiamos. Quincey fue a la
estación a encontrarlo.



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