Drácula


-Supongo que ustedes dos, tú y van Helsing, ya hicieron lo que yo
hice hoy. ¿No es así?
-Así es.
-E imagino que Art también está en el asunto. Cuando lo vi hace
cuatro días en su casa, parecía bastante raro. Nunca había visto a nadie que
enflaqueciera tan rápidamente, desde que estuve en las Pampas y tuve una
yegua que le gustaba ir a pastar por las noches. Uno de esos grandes mur-
ciélagos a los que ellos llaman vampiros la agarró por la noche y la dejó
con la garganta y la vena abiertas, sin que hubiera suficiente sangre dentro
de ella para permitirle estar de pie, por lo que tuve que meterle una bala
mientras yacía. Jack, si puedes hablarme sin traicionar la confianza que ha-
yan depositado en ti, dime, Arthur fue el primero, ¿no es así?
A medida que hablaba mi pobre amigo daba muestras de estar terri-
blemente ansioso. Estaba en una tortura de inquietud por la mujer que
amaba, y su total ignorancia del terrible misterio que parecía rodearla a ella
intensificaba su dolor. Le sangraba el propio corazón, y se necesitó toda la
hombría en él (de la cual había bastante, puedo asegurarlo) para evitar que
cayera abatido. Hice una pausa antes de responder, pues sentía que no de-
bía decir nada que traicionara los secretos que el médico desea guardar;
pero de todas maneras él ya sabía tanto, y adivinaba tanto, que no había
ninguna razón para no responder, por lo que le contesté con la misma
frase:
-Así es.
-¿Y durante cuánto tiempo ha estado sucediendo esto?
-Desde hace cerca de diez días,
-¡Diez días! Entonces supongo, Jack Seward, que la pobre criatura
que todos amamos se ha puesto en sus venas durante ese tiempo la sangre
de cuatro hombres fuertes. Un hombre mismo no podría soportarlo mucho
tiempo -añadió, y luego, acercándoseme, habló en una especie de airado
susurro-: ¿Qué se la sacó?
Yo moví la cabeza negativamente.
-He ahí el problema. Van Helsing simplemente se pone frenético
acerca de ello, y yo estoy a punto de devanarme los sesos. Ya no puedo ni
aventurar una adivinanza. Ha habido una serie de pequeñas circunstancias
que han echado por tierra todos nuestros cálculos para que Lucy sea vigi-
lada adecuadamente. Pero esto no ocurrirá otra vez. Nos quedaremos aquí
hasta que todo esté bien... o mal.
Quincey extendió su mano.
-Cuenten conmigo -dijo-. Tú y el holandés sólo tienen que decirme
lo que haga, y yo lo haré.
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