Bram Stoker


podemos certificar que murió de ella. Llenemos inmediatamente el certifi-
cado y yo mismo lo llevaré al registro, y pasaré al servicio de pompas
fúnebres.
-¡Bien, amigo John! ¡Muy bien pensado! Verdaderamente, si la
señorita Lucy tiene que estar triste por los enemigos que la asedian, al me-
nos puede estar contenta de los amigos que la aman. Uno, dos, tres, todos
abren sus venas por ella, además de un viejo como yo. ¡Ah sí!, yo lo sé,
amigo John; no estoy ciego; ¡lo quiero a usted más por ello! Ahora,
váyase.
En el corredor encontré a Quincey Morris con un telegrama para
Arthur diciéndole que la señora Westenra había muerto; que Lucy también
había estado enferma, pero que ya estaba mejorando; y que van Helsing y
yo estábamos con ella. Le dije adónde iba, y me instó a que me apresurara.
Pero cuando estaba a punto de hacerlo, me dijo:
-Cuando regreses, Jack, ¿puedo hablarte a solas?
Moví la cabeza afirmativamente y salí. No encontré ninguna difi-
cultad para hacer el registro, y convine con la funeraria local en que llega-
ran en la noche y tomaran las medidas del féretro e hiciesen los demás
preparativos.
Cuando regresé, Quincey me estaba esperando. Le dije que lo vería
tan pronto como supiera algo acerca de Lucy, y subí a su cuarto. Todavía
estaba durmiendo, y aparentemente mi maestro no se había movido de su
asiento al lado de ella. Por la manera como se puso el dedo sobre los la-
bios, adiviné que esperaba que se despertara de un momento a otro, y es-
taba temeroso de adelantarse a la naturaleza. Así es que bajé donde
Quincey y lo llevé al desayunador, donde las celosías no estaban bajadas y
por lo cual era un poco más alegre, o mejor dicho, menos triste que los
otros cuartos. Cuando estuvimos solos, me dijo:
-Jack Seward, no quiero entrometerme en ningún lugar donde no
tenga derecho a estar, pero esto no es ningún caso ordinario. Tú sabes que
yo amaba a esta muchacha y quería casarme con ella; pero, aunque todo
eso está pasado y enterrado, no puedo evitar sentirme ansioso acerca de
ella. ¿Qué le sucede? ¿De qué padece? El holandés, y bien me doy cuenta
de que es un viejo formidable, dijo, en el momento en que ustedes dos en-
traron en el cuarto, que debían hacer otra transfusión de sangre y que ust-
edes dos ya estaban agotados. Ahora, yo sé muy bien que ustedes los
médicos hablan in camera, y que uno no debe esperar saber lo que con-
sultan en privado. Pero este no es un asunto común, y, sea lo que fuera, yo
he hecho mi parte. ¿No es así?
-Así es -le dije yo, y él continuó:

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