Drácula


silbaba a través de las rocas, y las ramas de los árboles chocaban entre sí al
pasar nosotros por el camino. Hizo cada vez más frío v una fina nieve
comenzó a caer, de tal manera que al momento alrededor de nosotros todo
estaba cubierto por un manto blanco. El aguzado viento todavía llevaba los
aullidos de los perros, aunque éstos fueron decreciendo a medida que nos
alejábamos. El aullido de los lobos, en cambio, se acercó cada vez más,
como si ellos se fuesen aproximando hacia nosotros por todos lados. Me
sentí terriblemence angustiado, y los caballos compartieron mi miedo. Sin
embargo, el cochero no parecía tener ningún temor; continuamente volvía
la cabeza hacia la izquierda y hacia la derecha, pero yo no podía ver nada a
través de la oscuridad.
Repentinamente, lejos, a la izquierda, divisé el débil resplandor de
una llama azul. El cochero lo vió al mismo tiempo; inmediatamente paró
los caballos y, saltando a tierra, desapareció en la oscuridad. Yo no sabía
qué hacer, y mucho menos debido a que los aullidos de los lobos parecían
acercarse; pero mientras dudaba, el cochero apareció repentinamente otra
vez, y sin decir palabra tomó asiento y reanudamos nuestro viaje. Creo que
debo haberme quedado dormido o soñé repetidas veces con el incidente,
pues éste se repitió una y otra vez, y ahora, al recordarlo, me parece que
fue una especie de pesadilla horripilante. Una vez la llama apareció tan
cerca del camino que hasta en la oscuridad que nos rodeaba pude observar
los movimientos del cochero. Se dirigió rapidamente a donde estaba la
llama azul (debe haber sido muv tenue, porque no parecía iluminar el lugar
alrededor de ella), y tomando algunas piedras las colocó en una forma sig-
nificativa. En una ocasión fui víctima de un extraño efecto óptico: estando
él parado entre la llama y yo, no pareció obstruirla, porque continué viendo
su fantasmal luminosidad. Esto me asombró, pero como sólo fue un efecto
momentáneo, supuse que mis ojos me habían engañado debido al esfuerzo
que hacía en la oscuridad. Luego, por un tiempo, ya no aparecieron las
llamas azules, y nos lanzamos velozmente a través de la oscuridad con los
aullidos de los lobos rodeándonos, como si nos siguieran en círculos en-
volventes.
Finalmente el cochero se alejó más de lo que lo había hecho hasta
entonces, y durante su ausencia los caballos comenzaron a temblar más
que nunca y a piafar y relinchar de miedo. No pude ver ninguna causa que
motivara su nerviosismo, pues los aullidos de los lobos habían cesado por
completo; pero entonces la luna, navegando a través de las negras nubes,
apareció detrás de la dentada cresta de una roca saliente revestida de pinos,
y a su luz vi alrededor de nosotros un círculo de lobos, con dientes blancos
y lenguas rojas y colgantes, con largos miembros sinuosos y pelo hirsuto.
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