Bram Stoker


salir. No había mucha gente ese día, y cerca de él sólo había un hombre, un
tipo alto, delgado, con nariz aguileña y barba en punta. Tenía una mirada
dura y fría, y los ojos rojos, y a mí como que me dio mala espina desde un
principio, pues parecía que era con él con quien estaban irritados los ani-
males. Tenía guantes blancos de niño en las manos; señaló a los animales, y
me dijo:
"-Guardián, estos lobos parecen estar irritados por algo.
"-Tal vez es por usted -le dije yo, pues no me agradaban los aires
que se daba.
"No se enojó, como había esperado que lo hiciera, sino que sonrió
con una especie de sonrisa insolente, con la boca llena de afilados dientes
blancos.
"-¡Oh, no, yo no les gustaría! -me dijo.
"-¡Oh, sí!, yo creo que les gustaría -respondí yo, imitándolo-. Siem-
pre les gusta uno o dos huesos para limpiarse los dientes después de la
hora del té. Y usted tiene una bolsa llena de ellos.
"Bien, fue una cosa rara, pero cuando los animales nos vieron
hablando se echaron, y yo fui hacia Bersicker y él me permitió que le acar-
iciara las orejas como siempre. Entonces se acercó también el hombre, ¡y
bendito sea si no él también extendió su mano y acarició las orejas del lobo
viejo!
"-Tenga cuidado -le dije yo-. Bersicker es rápido.
"-No se preocupe -me contestó él-. ¡Estoy acostumbrado a ellos!
"-¿Es usted también del oficio? -le pregunté, quitándome el som-
brero, pues un hombre que tenga algo que ver con lobos, etc., es un buen
amigo de los guardianes.
"-No -respondió él-, no soy precisamente del oficio, pero he aman-
sado a varios de ellos.
"Y al decir esto levantó su sombrero como un lord, y se fue. El
viejo Bersicker lo siguió con la mirada hasta que desapareció, y luego se
fue a echar en una esquina y no quiso salir de ahí durante toda la noche.
Bueno, anoche, tan pronto como salió la luna, todos los lobos comenzaron
a aullar. No había nada ni nadie a quien le pudieran aullar. Cerca de ellos
no había nadie, con excepción de alguien que evidentemente estaba lla-
mando a algún perro en algún lugar, detrás de los jardines de la calle del
Parque. Una o dos veces salí a ver que todo estuviera en orden, y lo es-
taba, y luego los aullidos cesaron. Un poco antes de las doce de la noche
salí a hacer una última ronda antes de acostarme y, que me parta un rayo,
cuando llegué frente a la jaula del viejo Bersicker vi los barrotes quebrados
y doblados, y la jaula vacía. Y eso es todo lo que sé."

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