Drácula


taban bien; y luego me senté mientras esperaba que llegara el sueño. Ya
viene.
11 de septiembre. Esta tarde fui a Hillingham. Encontré a van Hel-
sing de excelente humor y a Lucy mucho mejor. Poco después de mi lle-
gada, el correo llevó un paquete muy grande para el profesor. Lo abrió con
bastante prisa, así me pareció, y me mostró un gran ramo de flores blancas.
-Estas son para usted, señorita Lucy -dijo.
-¿Para mí? ¡Oh, doctor van Helsing!
-Sí, querida, pero no para que juegue con ellas. Estas son medici-
nas.
Lucy hizo un encantador mohín.
-No, pero no es para que se las tome cocidas ni en forma desagrad-
able; no necesita fruncir su encantadora naricita, o tendré que indicarle a mi
amigo Arthur los peligros que tendrá que soportar al ver tanta belleza, que
él quiere tanto, distorsionarse en esa forma. Ajá, mi bella señorita, eso es:
tan bonita nariz esta muy recta otra vez. Esto es medicinal, pero usted no
sabe cómo. Yo lo pongo en su ventana, hago una bonita guirnalda y la
cuelgo alrededor de su cuello, para que usted duerma bien. Sí; estas flores,
como las flores de loto, hacen olvidar las penas. Huelen como las aguas de
Letos, y de esa fuente de la juventud que los conquistadores buscaron en la
Florida, y la encontraron, pero demasiado tarde.
Mientras hablaba, Lucy había estado examinando las flores y
oliéndolas. Luego las tiró, diciendo, medio en risa medio en serio:
-Profesor, yo creo que usted sólo me está haciendo una broma. Es-
tas flores no son más que ajo común.
Para sorpresa mía, van Helsing se puso en pie y dijo con toda
seriedad, con su mandíbula de acero rígida y sus espesas cejas encontrán-
dose:
-¡No hay ningún juego en esto! ¡Yo nunca bromeo! Hay un serio
propósito en lo que hago, y le prevengo que no me frustre. Cuídese, por
amor a los otros si no por amor a usted misma -añadió, pero viendo que la
pobre Lucy se había asustado como tenía razón de estarlo, continuó en un
tono más suave-: ¡Oh, señorita, mi querida, no me tema! Yo sólo hago
esto por su bien; pero hay mucha virtud para usted en esas flores tan co-
munes. Vea, yo mismo las coloco en su cuarto. Yo mismo hago la guir-
nalda que usted debe llevar. ¡Pero cuidado! No debe decírselo a los que
hacen preguntas indiscretas. Debemos obedecer, y el silencio es una parte
de la obediencia; y obediencia es llevarla a usted fuerte y llena de salud
hasta los brazos que la esperan. Ahora siéntese tranquila un rato. Venga
conmigo, amigo John, y me ayudará a cubrir el cuarto con mis ajos, que
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