Bram Stoker


pequeños pinchazos en su garganta y la apariencia marchita y maltratada
de sus bordes a pesar de lo pequeños que eran.
Lucy durmió hasta bien entrado el día, y cuando despertó estaba
bastante bien y fuerte, aunque no tanto como el día anterior. Cuando van
Helsing la hubo visto, salió a dar un paseo, dejándome a mí a cargo de ella,
con instrucciones estrictas de no abandonarla ni por un momento. Pude
escuchar su voz en el corredor, preguntando cuál era el camino para la ofi-
cina de telégrafos más cercana.
Lucy conversó conmigo alegremente, y parecía completamente in-
consciente de lo que había sucedido. Yo traté de mantenerla entretenida e
interesada. Cuando su madre subió a verla, no pareció notar ningún cam-
bio en ella, y sólo me dijo agradecida:
¡Le debemos tanto a usted, doctor Seward, por todo lo que ha
hecho! Pero realmente ahora debe usted tener cuidado de no trabajar en
exceso. Se ve usted mismo un poco pálido. Usted necesita una mujer para
que le sirva de enfermera y que lo cuide un poco; ¡eso es lo que usted ne-
cesita!
A medida que ella hablaba, Lucy se ruborizó, aunque sólo fue mo-
mentáneamente, pues sus pobres venas desgastadas no pudieron soportar
el súbito flujo de sangre a la cabeza. La reacción llegó como una excesiva
palidez al volver ella sus ojos implorantes hacia mí. Yo sonreí y moví la
cabeza, y me llevé el dedo a los labios; exhalando un suspiro, la joven se
hundió nuevamente entre sus almohadas.
Van Helsing regresó al cabo de unas horas, y me dijo:
-Ahora usted váyase a su casa, y coma mucho y beba bastante.
Repóngase. Yo me quedaré aquí hoy por la noche, y me sentaré yo mismo
junto a la señorita. Usted y yo debemos observar el caso, y no podemos
permitir que nadie más lo sepa. Tengo razones de peso. No, no me las
pregunte; piense lo que quiera. No tema pensar incluso lo más improbable.
Buenas noches.
En el corredor, dos de las sirvientas llegaron a mí y me pregunta-
ron si ellas o cualquiera de ellas podría quedarse por la noche con la
señorita Lucy. Me imploraron que las dejara, y cuando les dije que era una
orden del doctor van Helsing que fuese él o yo quienes veláramos, me
pidieron que intercediera con el "caballero extranjero". Me sentí muy con-
movido por aquella bondad. Quizá porque estoy débil de momento, y
quizá porque fue por Lucy que se manifestó su devoción; pues una y otra
vez he visto similares manifestaciones de la bondad de las mujeres. Regresé
aquí a tiempo para comer; hice todas mis visitas y todos mis pacientes es-



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