Drácula


pareció ser tan corto, pues el fluir de la propia sangre no importa con qué
alegría se vea, es una sensación terrible), van Helsing levantó un dedo en
advertencia:
No se mueva -me dijo-, pues temo que al recobrar las fuerzas ella
despierte; y eso sería muy, muy peligroso. Pero tendré precaución. Le apli-
caré una inyección hipodérmica de morfina.
Entonces procedió, veloz y seguramente, a efectuar su proyecto. El
efecto en Lucy no fue malo, pues el desmayo pareció transformarse sutil-
mente en un sueño narcótico. Fue con un sentimiento de orgullo personal
como pude ver un débil matiz de color regresar lentamente a sus pálidas
mejillas y labios. Ningún hombre sabe, hasta que lo experimenta, lo que es
sentir que su propia sangre se transfiere a las venas de la mujer que ama.
El profesor me miraba críticamente.
-Eso es suficiente -dijo.
-¿Ya? -protesté yo-. Tomó usted bastante más de Art.
A lo cual él sonrió con una especie de sonrisa triste, y me respon-
dió:
-El es su novio, su fiancé. Usted tiene trabajo, mucho trabajo que
hacer por ella y por otros; y con lo que hemos puesto es suficiente.
Cuando detuvimos la operación, él atendió a Lucy mientras yo apli-
caba presión digital a mi propia herida. Me acosté, mientras esperaba a que
tuviera tiempo de atenderme, pues me sentí débil y un poco mareado. Al
cabo de un tiempo me vendó la herida y me envió abajo para que bebiera
un vaso de vino. Cuando estaba saliendo del cuarto, vino detrás de mí y me
susurró:
-Recuerde: nada debe decir de esto. Si nuestro joven enamorado
aparece inesperadamente, como la otra vez, ninguna palabra a él. Por un
lado lo asustaría, y además de eso lo pondría celoso. No debe haber nada
de eso, ¿verdad?
Cuando regresé, me examinó detenidamente, y dijo:
-No está usted mucho peor. Vaya a su cuarto y descanse en el sofá
un rato; luego tome un buen desayuno, y regrese otra vez acá.
Seguí sus órdenes, pues sabía cuán correctas y sabias eran. Había
hecho mi parte. y ahora mi siguiente deber era recuperar fuerzas. Me sentí
muy débil, y en la debilidad perdí algo del placer de lo que había ocurrido.
Me quedé dormido en el sofá; sin embargo, preguntándome una y otra vez
como era que Lucy había hecho un movimiento tan retrógrado, y como
había podido perder tanta sangre, sin dejar ninguna señal por ningún lado
de ella. Creo que debo haber continuado preguntándome esto en mi sueño,
pues, durmiendo y caminando, mis pensamientos siempre regresaban a los
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