Bram Stoker


que se limitó a mirarme con gratitud siempre que pude captar sus ojos.
Después de un largo rato pareció estar a punto de dormirse, pero con un
esfuerzo pareció recobrarse y sacudirse el sueño. Esto se repitió varias ve-
ces, con más esfuerzo y pausas más cortas a medida que el tiempo pasaba.
Era aparente que no quería dormir, de manera que yo abordé el asunto de
inmediato:
-¡No quiere usted dormirse?
-No. Tengo miedo.
-¡Miedo de dormirse! ¿Por qué? Es una bendición que todos anhe-
lamos.
-¡Ah! No si usted fuera como yo. ¡Si el sueño fuera para usted
presagio de horror...!
-¡Un presagio de horror! ¿Qué quiere usted decir con eso?
-No lo sé, ¡ay!, no lo sé. Y eso es lo que lo hace tan terrible. Toda
esta debilidad me llega mientras duermo; de tal manera que ahora me da
miedo hasta la idea misma de dormir.
-Pero, mi querida niña, usted puede dormir hoy en la noche. Yo
estaré aquí velando su sueño, y puedo prometerle que no sucederá nada.
-¡Ah! ¡Puedo confiar en usted!
Aproveché la oportunidad, y dije:
-Le prometo que si yo veo cualquier evidencia de pesadillas, la des-
pertaré inmediatamente.
-¿Lo hará? ¿De verdad? ¡Qué bueno es usted conmigo! Entonces,
dormiré.
Y casi al mismo tiempo dejó escapar un profundo suspiro de alivio,
y se hundió en la almohada, dormida.
Toda la noche estuve a su lado. No se movió ni una vez, sino que
durmió con un sueño tranquilo, reparador. Sus labios estaban ligeramente
abiertos, y su pecho se elevaba y bajaba con la regularidad de un péndulo.
En su rostro se dibujaba una sonrisa, y era evidente que no habían llegado
pesadillas a perturbar la paz de su mente.
Temprano por la mañana llegó su sirvienta; yo la dejé al cuidado de
ella y regresé a casa, pues estaba preocupado por muchas cosas. Envié un
corto telegrama a van Helsing y a Arthur, comunicándoles el excelente
resultado de la transfusión. Mi propio trabajo, con todos sus contratiem-
pos, me mantuvo ocupado durante todo el día; ya había oscurecido cuando
tuve oportunidad de preguntar por mi paciente zoófago. El informe fue
bueno; había estado tranquilo durante el último día y la última noche.
Mientras estaba cenando, me llegó un telegrama de van Helsing, desde
Amsterdam, sugiriéndome que me dirigiera a Hillingham por la noche, ya

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