Drácula


Cuando le describí los síntomas de Lucy (los mismos que antes,
pero infinitamente más marcados) se puso muy serio, pero no dijo nada.
Tomó un maletín en el que había muchos instrumentos y medicinas, "hor-
rible atavío de nuestro comercio benéfico", como él mismo lo había
llamado en una de sus clases, el equipo de un profesor de la ciencia
médica. Cuando nos hicieron pasar, la señora Westenra salió a nuestro en-
cuentro. Estaba alarmada, pero no tanto como yo había esperado encon-
trarla. La naturaleza, en uno de sus momentos de buena disposición, ha
ordenado que hasta la muerte tenga algún antídoto para sus propios erro-
res. Aquí, en un caso donde cualquier impresión podría ser fatal, los asun-
tos se ordenan de tal forma que, por una causa o por otra, las cosas no
personales (ni siquiera el terrible cambio en su hija, a la cual quería tanto)
parecen alcanzarla. Es algo semejante a como la madre naturaleza se reúne
alrededor de un cuerpo extraño y lo envuelve con algún tejido insensible,
que puede protegerlo del mal al que de otra manera se vería sometido por
contacto. Si esto es un egoísmo ordenado, entonces deberíamos abstener-
nos un momento antes de condenar a nadie por el defecto del egoísmo,
pues sus causas pueden tener raíces más profundas de las que hasta ahora
conocemos.
Puse en práctica mi conocimiento de esta fase de la patología
espiritual, y asenté la regla de que ella no debería estar presente con Lucy,
o pensar en su enfermedad, más que cuando fuese absolutamente necesa-
rio. Ella asintió de buen grado; tan de buen grado, que nuevamente vi la
mano de la naturaleza protegiendo la vida. Van Helsing y yo fuimos con-
ducidos hasta el cuarto de Lucy. Si me había impresionado verla a ella
ayer, cuando la vi hoy quedé horrorizado. Estaba terriblemente pálida;
blanca como la cal. El rojo parecía haberse ido hasta de sus labios y sus
encías, y los huesos de su rostro resaltaban prominentemente; se dolía uno
de ver o escuchar su respiración. El rostro de van Helsing se volvió rígido
como el mármol, y sus cejas convergieron hasta que casi se encontraron
sobre su nariz. Lucy yacía inmóvil y no parecía tener la fuerza suficiente
para hablar, así es que por un instante todos permanecimos en silencio.
Entonces, van Helsing me hizo una seña y salimos silenciosamente del
cuarto. En el momento en que cerramos la puerta, caminó rápidamente por
el corredor hacia la puerta siguiente, que estaba abierta. Entonces me em-
pujó rápidamente con ella, y la cerró.
-¡Dios mío! -dijo él-. ¡Esto es terrible! No hay tiempo que perder.
Se morirá por falta de sangre para mantener activa la función del corazón.
Debemos hacer inmediatamente una transfusión de sangre. ¿Usted, o yo?
-Maestro, yo soy más joven y más fuerte; debo ser yo.
120

120