Bram Stoker


donde pueda reunirse con los de su clase y procrear. Usted y yo nos
guardaremos como hasta ahora lo que sabemos...
Y al decir esto me tocó en el corazón y en la frente, y luego él
mismo se tocó de manera similar.
-Por mi parte tengo algunas ideas, de momento. Más tarde se las
expondré a usted.
-¿Por qué no ahora? -le pregunté-. Puede que den buen resultado;
podríamos llegar a alguna conclusión.
El me miró fijamente, y dijo:
-Mi amigo John, cuando ha crecido el maíz, incluso antes de que
haya madurado, mientras la savia de su madre tierra está en él, y el sol to-
davía no ha comenzado a pintarlo con su oro, el marido se tira de la oreja y
la frota entre sus ásperas manos, y limpia la verde broza, y te dice: "¡Mira!:
es buen maíz; cuando llegue el tiempo, será un buen grano."
Yo no vi la aplicación, y se lo dije. Como respuesta extendió su
brazo y tomó mi oreja entre sus manos tirando de ella juguetonamente,
como solía hacerlo antiguamente durante sus clases, y dijo:
-El buen marido dice así porque conoce, pero no hasta entonces.
Pero usted no encuentra al buen marido escarbando el maíz sembrado para
ver si crece; eso es para niños que juegan a sembradores. Pero no para
aquellos que tienen ese oficio como medio de subsistencia. ¿Entiende usted
ahora, amigo John? He sembrado mi maíz, y la naturaleza tiene ahora el
trabajo de hacerlo crecer; si crece, entonces hay cierta esperanza; y yo es-
peraré hasta que comience a verse el grano.
Al decir esto se interrumpió, pues evidentemente vio que lo había
comprendido. Luego, prosiguió con toda seriedad:
-Usted siempre fue un estudiante cuidadoso, y su estuche siempre
estaba más lleno que los demás. Entonces usted era apenas un estudiante;
ahora usted es maestro, y espero que sus buenas costumbres no hayan de-
saparecido. Recuerde, mi amigo, que el conocimiento es más fuerte que la
memoria, y no debemos confiar en lo más débil. Aunque usted no haya
mantenido la buena práctica, permítame decirle que este caso de nuestra
querida señorita es uno que puede ser, fíjese, digo puede ser, de tanto in-
terés para nosotros y para otras personas que todos los demás casos no
sean nada comparados con él. Tome, entonces, buena nota de él. Nada es
demasiado pequeño. Le doy un consejo: escriba en el registro hasta sus
dudas y sus conjeturas. Después podría ser interesante para usted ver
cuánta verdad puede adivinar.
Aprendemos de los fracasos; no de los éxitos.



119

119