Bram Stoker


tratando por todos los medios de engañar a su madre, y evitarle de esa
manera ansiedades. No tengo ninguna duda de que adivina, en caso de que
no lo sepa, que hay necesidad de tener cautela. Comimos solos, y como
nos esforzamos por parecer alegres, obtuvimos, como una especie de re-
compensa por nuestros esfuerzos, cierta alegría real, entre nosotros. En-
tonces, la señora Westenra se retiró a descansar, y Lucy se quedó
conmigo. Fuimos a su boudoir, y hasta que llegamos ahí su reserva no se
modificó, pues los sirvientes iban y venían. Sin embargo, tan pronto como
se cerró la puerta, la máscara cayó de su rostro y se hundió en un sillón
dando un gran suspiro y escondiendo sus ojos con la mano.
Cuando yo vi que su animosidad había fallado, me aproveché inme-
diatamente de su reacción para hacer un diagnóstico. Me dijo muy dulce-
mente:
"-No puedo decirle a usted cuánto detesto tener que hablarle acerca
de mi persona.
"Yo le recordé que las confidencias de un doctor eran sagradas,
pero que tú estabas verdaderamente muy ansioso por ella. Ella captó in-
mediatamente el significado de mis palabras, y arregló todo el asunto con
un par de palabras.
"-Dígale a Arthur cualquier cosa que usted crea conveniente. ¡Yo
no me preocupo por mí misma, sino por él!
"Por lo tanto, tengo libertad de hablar.
"Fácilmente pude darme cuenta de que le hace falta un poco de
sangre, pero no pude ver los síntomas típicos de la anemia, y por una casu-
alidad tuve de hecho la oportunidad de probar la cualidad de su sangre,
pues al abrir una ventana que estaba remachada, un cordón se rompió y
ella se cortó ligeramente la mano con el vidrio quebrado. En sí mismo fue
un hecho insignificante, pero me dio una oportunidad evidente, de tal
manera que yo me apoderé de unas pocas gotas de sangre, y las he anali-
zado. El análisis cualitativo muestra que existen condiciones normales, y
además, puedo inferir, señalan la existencia de un vigoroso estado de salud.
En otros asuntos físicos quedé plenamente convencido de que no hay ne-
cesidad de temer; pero como en alguna parte debe haber una causa, he lle-
gado a la conclusión de que debe ser algo mental. Ella se queja de tener a
veces dificultades al respirar, y de tener sueños pesados, letárgicos, con
pesadillas que la asustan, pero de las cuales no se puede acordar. Dice que
cuando niña solía caminar dormida, y que estando en Whitby la costumbre
regresó, y que una vez salió caminando en la noche y fue hasta East Cliff,
donde la encontró la señorita Murray; pero me asegura que últimamente
esta costumbre ha vuelto a desaparecer. He quedado con dudas, por lo que

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