Bram Stoker


mezcla de movimientos temerosos que ya había visto en las afueras del
hotel en Bistritz: el signo de la cruz y el hechizo contra el mal de ojo. En-
tonces, al tiempo que volábamos, el cochero se inclinó hacia adelante y, a
cada lado, los pasajeros, apoyándose sobre las ventanillas del coche, escu-
driñaron ansiosamente la oscuridad. Era evidente que se esperaba que
sucediera algo raro, pero aunque le pregunté a cada uno de los pasajeros,
ninguno me dió la menor explicación. Este estado de ánimo duró algún
tiempo, y al final vimos cómo el desfiladero se abría hacia el lado oriental.
Sobre nosotros pendían oscuras y tenebrosas nubes, y el aire se encontraba
pesado, cargado con la opresiva sensación del trueno. Parecía como si la
cordillera separara dos atmósferas, y que ahora hubiésemos entrado en la
tormentosa. Yo mismo me puse a buscar el vehículo que debía llevarme
hasta la residencia del conde. A cada instante esperaba ver el destello de
lámparas a través de la negrura, pero todo se quedó en la mayor oscuridad.
La única luz provenía de los parpadeantes rayos de luz de nuestras propias
lámparas, en las cuales los vahos de nuestros agotados caballos se elevaban
como nubes blancas. Ahora pudimos ver el arenoso camino extendiéndose
blanco frente a nosotros, pero en él no había ninguna señal de un vehículo.
Los pasajeros se reclinaron con un suspiro de alegría, que parecía burlarse
de mi propia desilusión. Ya estaba pensando qué podía hacer en tal situa-
ción cuando el cochero, mirando su reloj, dijo a los otros algo que apenas
pude oir, tan suave y misterioso fue el tono en que lo dijo. Creo que fue
algo así como "una hora antes de tiempo". Entonces se volvió a mí y me
dijo en un alemán peor que el mío:
-No hay ningún carruaje aquí. Después de todo, nadie espera al
señor. Será mejor que ahora venga a Bucovina y regrese mañana o al día
siguiente; mejor al día siguiente.
Mientras hablaba, los caballos comenzaron a piafar y a relinchar, y a
encabritarse tan salvajemente que el cochero tuvo que sujetarlos con fir-
meza. Entonces, en medio de un coro de alaridos de los campesinos que se
persignaban apresuradamente, apareció detras de nosotros una calesa, nos
pasó y se detuvo al lado de nuestro coche. Por la luz que despedían nues-
tras lámparas, al caer los rayos sobre ellos, pude ver que los caballos eran
unos espléndidos animales, negros como el carbón. Estaban conducidos
por un hombre alto, con una larga barba grisácea y un gran sombrero ne-
gro, que parecía ocultar su rostro de nosotros. Sólo pude ver el destello de
un par de ojos muy brillantes, que parecieron rojos al resplandor de la lám-
para, en los instantes en que el hombre se volvió a nosotros. Se dirigió al
cochero:



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