Bram Stoker


pudieran pasar cierto tiempo aquí con nosotros. El fuerte aire restablecería
pronto a Jonathan; lo ha logrado conmigo. Tengo un apetito voraz, estoy
llena de vida y duermo bien. Les agradará saber que ya no camino dor-
mida. Creo que no me he movido de la cama durante una semana, esto es,
una vez que me acuesto por la noche. Arthur dice que me estoy poniendo
gorda. A propósito, se me olvidó decirte que Arthur está aquí. Damos
grandes paseos, cabalgamos, remamos, jugamos al tenis y pescamos jun-
tos; lo quiero más que nunca. Me dice, que me quiere más: pero lo dudo,
porque al principio me dijo que no me podía querer más de lo que me
quería ya. Pero estas son tonterías. Ahí está, llamándome, así es que nada
más por hoy.
Lucy
"P.D. -Mamá te envía recuerdos. Parece estar bastante mejor la po-
brecita.
"P.D. otra vez.-Nos casaremos el 28 de septiembre."

Del diario del doctor Seward
20 de agosto. El caso de Renfield se hace cada vez más interesante.
Por ahora hemos podido establecer que hay períodos de descenso en su
pasión. Durante una semana después de su primer ataque se mantuvo en
perpetua violencia. Luego, una noche, justamente al alzarse la luna, se
tranquilizó, y estuvo murmurando para sí mismo: "Ahora puedo esperar;
ahora puedo esperar." El asistente me vino a llamar, por lo que corrí rápi-
damente abajo para echarle una mirada. Todavía estaba con la camisa de
fuerza y en el cuarto de seguridad; pero la expresión congestionada había
desaparecido de su rostro, y sus ojos tenían algo de su antigua súplica; casi
podría decir de su "rastrera" suavidad. Quedé satisfecho con su condición
actual. y di órdenes para que lo soltaran. Mis ayudantes vacilaron, pero
finalmente llevaron a cabo mis deseos sin protestar. Una cosa extraña fue
que el paciente tuvo suficiente buen ánimo como para ver su desconfianza,
pues, acercándoseme, me dijo en un susurro, al mismo tiempo que los mi-
raba a ellos furtivamente:
-¡Creen que puedo hacerle daño! ¡Imagínese, yo hacerle daño a
usted! ¡Imbéciles!
Era un tanto consolador, para mis sentimientos, encontrarme diso-
ciado incluso en el cerebro de este pobre loco de los otros; pero de todas
maneras, no comprendo sus pensamientos. ¿Debo aceptar que tengo algo
en común con él, por lo que siendo como somos, como fuéramos, debe-
mos unirnos? ¿O tiene que obtener de mí un bien tan estupendo que mi
salud le es necesaria? Tendré que averiguarlo más tarde. Hoy en la noche

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