Bram Stoker


Corrí inmediatamente de regreso, y le dije al guardia que trajera tres
o cuatro hombres y me siguieran a los terrenos de Carfax, en caso de que
nuestro amigo fuese a comportarse peligrosamente. Yo mismo conseguí
una escalera, y salvando el muro, salté hacia el otro lado. Pude ver la figura
de Renfield que desaparecía detrás del ángulo de la casa, por lo que corrí
tras él. En el otro extremo de la casa lo encontré reclinado fuertemente
contra la vieja puerta de roble, enmarcada en hierro, de la capilla. Estaba
hablando, aparentemente a alguien, pero tuve miedo de acercarme dema-
siado a escuchar lo que decía, pues podía asustarlo y echaría de nuevo a
correr. ¡Correr detrás de un errante enjambre de abejas no es nada com-
parado con seguir a un lunático desnudo, cuando se le ha metido en la ca-
beza que debe escapar! Sin embargo, después de unos minutos pude ver
que él no se daba cuenta de nada de lo que sucedía a su alrededor, y me
atreví a acercármele más, y con mayor razón ya que mis hombres habían
saltado el muro y se acercaban a él. Le oí decir:
-Estoy aquí para cumplir tus órdenes, amo. Soy tu esclavo, y tú me
recompensaras, pues seré fiel. Te he adorado desde hace tiempo y desde
lejos. Ahora que estás cerca, espero tus órdenes, y tú no me olvidarás,
¿verdad, mi querido amo?, en tu distribución de las buenas cosas.
De todas maneras es un viejo y egoísta pordiosero. Piensa en el pan
y los pescados aun cuando cree que está en una presencia real. Sus manías
hacen una combinación asombrosa. Cuando le caímos encima peleó como
un tigre; es muy fuerte, y se comportó más como una bestia salvaje que
como un hombre. Yo nunca había visto a un lunático en un paroxismo de
furia semejante; y espero no volverlo a ver. Es una buena cosa que haya-
mos averiguado sus intenciones y su fuerza a tiempo. Con una fuerza y una
determinación como las de él, podría haber hecho muchas barbaridades
antes de ser enjaulado. En todo caso, está en lugar seguro. Ni el mismo
Jack Sheppard habría podido librarse de la camisa de fuerza que lo retiene,
y además está encadenado a la pared en la celda de seguridad. Sus gritos a
veces son horribles, pero los silencios que siguen son todavía más mor-
tales, pues en cada vuelta y movimiento manifiesta sus deseos de asesinar.
Hace unos momentos dijo estas primeras palabras coherentes:
-Tendré paciencia, amo. ¡Está llegando..., llegando..., llegando!
De tal manera que yo tomé su insinuación, y también llegué. Estaba
demasiado excitado para dormir, pero este diario me ha tranquilizado y
siento que esta noche dormiré algo.




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