Drácula


zar a caer la noche se sintió mucho frío, y la creciente penumbra pareció
mezclar en una sola bruma la lobreguez de los árboles, robles, hayas y
pinos, aunque en los valles que corrían profundamente a través de los sur-
cos de las colinas, a medida que ascendíamos hacia el desfiladero, se desta-
caban contra el fondo de la tardía nieve los oscuros abetos. Algunas veces,
mientras la carretera era cortada por los bosques de pino que parecían
acercarse a nosotros en la oscuridad, grandes masas grisáceas que estaban
desparramadas aquí y allá entre los árboles producían un efecto lóbrego y
solemne, que hacía renacer los pensamientos y las siniestras fantasías en-
gendradas por la tarde, mientras que el sol poniente parecía arrojar un ex-
traño consuelo a las fantasmales nubes que, entre los Cárpatos, parece que
vagabundean incesantemente por los valles. En ciertas ocasiones las colinas
eran tan empinadas que, a pesar de la prisa de nuestro conductor, los ca-
ballos sólo podían avanzar muy lentamente. Yo quise descender del coche
y caminar al lado de ellos, tal como hacemos en mi país, pero el cochero
no quiso saber nada de eso.
-No; no -me dijo-, no debe usted caminar aquí. Los perros son muy
fieros- dijo, y luego añadió, con lo que evidentemente parecía ser una
broma macabra, pues miró a su alrededor para captar las sonrisas afirmati-
vas de los demás-: Ya tendrá usted suficiente que hacer antes de irse a
dormir.
Así fue que la única parada que hizo durante un momento sirvió
para que encendiera las lámparas.
Al oscurecer pareció que los pasajeros se volvían más nerviosos y
continuamente le estuvieron hablando al cochero uno tras otro, como si le
pidieran que aumentara la velocidad. Fustigó a los caballos inmisericorde-
mente con su largo látigo, y con salvajes gritos de aliento trató de obligar-
los a mayores esfuerzos. Entonces, a través de la oscuridad, pude ver una
especie de mancha de luz gris adelante de nosotros, como si hubiese una
hendidura en las colinas. La intranquilidad de los pasajeros aumentó; el
loco carruaje se bamboleó sobre sus grandes resortes de cuero, y se inclinó
hacia uno y otro lado como un barco flotando sobre un mar proceloso. Yo
tuve que sujetarme. El camino se hizo más nivelado y parecía que
volábamos sobre él. Entonces, las montañas parecieron acercarse a noso-
tros desde ambos lados, como si quisiesen estrangularnos, y nos encon-
tramos a la entrada del desfiladero de Borgo. Uno por uno todos los
pasajeros me ofrecieron regalos, insistiendo de una manera tan sincera que
no había modo de negarse a recibirlos. Desde luego los regalos eran de
muy diversas y extrañas clases, pero cada uno me lo entregó de tan buena
voluntad, con palabras tan amables, y con una bendición, esa extraña
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