La meretriz que jamás del palacio 64
del César quita la mirada impúdica,
muerte común y vicio de las cortes, 66

encendió a todos en mi contra; y tanto
encendieron a Augusto esos incendios
que el gozo y el honor trocóse en lutos; 69

mi ánimo, al sentirse despreciado,
creyendo con morir huir del desprecio,
culpable me hizo contra mí inocente. 72

Por las raras raíces de este leño,
os juro que jamás rompí la fe
a mi señor, que fue de honor tan digno. 75

Y si uno de los dos regresa al mundo,
rehabilite el recuerdo que se duele
aún de ese golpe que asesta la envidia.» 78

Paró un poco, y después: «Ya que se calla,
no pierdas tiempo -dijome el poeta-
habla y pregúntale si más deseas.» 81

Yo respondí: «Pregúntale tú entonces
lo que tú pienses que pueda gustarme;
pues, con tanta aflicción, yo no podría.» 84

Y así volvió a empezar: «Para que te haga
de buena gana aquello que pediste,
encarcelado espíritu, aún te plazca 87

decirnos cómo el alma se encadena
en estos troncos; dinos, si es que puedes,
si alguna se despega de estos miembros.» 90

Sopló entonces el tronco fuememente
trocándose aquel viento en estas voces:
«Brevemente yo quiero responderos; 93

cuando un alma feroz ha abandonado
el cuerpo que ella misma ha desunido
Minos la manda a la séptima fosa. 96

Cae a la selva en parte no elegida;
mas donde la fortuna la dispara,
como un grano de espelta allí germina; 99

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