Y cual loma en el agua de su base
se espejea cual viéndose adornada,
cuando de hierba y flores es más rica, 111

superando a la luz en torno suyo,
vi espejearse en más de mil peldaños
cuanto arriba volvió de entre nosotros. 114

Y si el último grado luz tan grande
abarca, ¡cuál la anchura no sería
de esta rosa en las hojas más lejanas! 117

Mi vista ni en lo ancho ni en lo alto
desfallecía, comprendiendo todo
el cuánto y cómo de aquella alegría. 120

Allí el cerca ni el lejos quita o pone:
que donde Dios sin ministros gobierna,
las leyes naturales nada pueden. 123

A lo amarillo de la rosa eterna, 124
que se degrada y se extiende y transmina
loas al sol que siempre es primavera, 126

como a aquel que se calla y quiere hablar
me llevó Beatriz y dijo: «¡Mira
el gran convento de las vestes blancas! 129

Ve cómo abre su círculo este reino,
mira nuestros escaños tan repletos,
que poca gente más aquí se espera. 132

Y en el gran trono en que pones los ojos,
por la corona que está sobre él puesta,
antes de que a estas bodas te conviden, 135

vendrá a sentarse el alma, abajo augusta,
del gran Enrique, que a guiar a Italia 137
vendrá sin que a ésta encuentre preparada. 138

Esa ciega codicia que os enferma
os ha vuelto lo mismo que al chiquillo
que muere de hambre y echa a la nodriza. 141

Y habrá un prefecto en el foro divino
entonces tal, que oculto o manifiesto,
no seguirá con él la misma ruta. 144

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