Mas ella que veía mis deseos,
empezó con sonrisa tan alegre,
cual si Dios en su rostro se gozase: 105

«El ser del mundo, que detiene el centro
y hace girar en torno a lo restante,
tiene aquí su principio como meta; 108

y este cielo no tiene más comienzo
que la mente divina, donde prende
la influencia y amor que él llueve y gira. 111

El amor y la luz, a éste rodean 112
como a los otros éste; y solamente
a este círculo entiende quien lo ciñe. 114

Su movimiento no mide con otro,
pero los otros se miden con éste,
cual se divide el diez por dos o cinco; 117

y cómo el tiempo tenga en este vaso
su raíz y en los otros la enramada,
ahora podrás saberlo claramente. 120

¡Oh tú, concupiscencia que en tu seno
los mortales ahogas, sin que puedan
sacar los ojos fuera de tus ondas! 123

La voluntad florece en los humanos;
mas la lluvia constante hace volverse
endrinas las ciruelas verdaderas. 126

La inocencia y la fe sólo en los niños
se encuentran repartidas; luego escapan
antes de que se cubran las mejillas. 129

Tal, aún balbuciente, guarda ayuno,
y luego traga, con la lengua suelta,
cualquier comida bajo cualquier luna; 132

y tal, aún balbuciente, ama y escucha
a su madre, y teniendo el habla entera,
verla en la sepultura desearía. 135

Así se vuelve negra la piel blanca
en el rostro de aquella hermosa hija
de quien lleva la noche y trae el día. 138

Y tú, para que de esto no te asombres,

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