¡Ah, cuánta es la abundancia que se encierra
en las arcas riquísimas que fueron
tan buenas sembradoras aquí abajo! 132

Allí se vive y goza del tesoro
conseguido llorando en el destierro
babilonio, en que el oro desdeñaron. 135

Allí trïunfa, bajo el alto Hijo
de María y de Dios, de su victoria,
con el antiguo y el nuevo concilio 138
el que las llaves de esa gloria guarda. 139
CANTO XXIV

«Oh compañía electa a la gran cena
del bendito Cordero, el cual os nutre
de modo que dais siempre saciadas, 3

si por gracia de Dios éste disfruta
de aquello que se cae de vuestra mesa,
antes de que la muerte el tiempo agote, 6

estar atentos a su gran deseo
y refrescarle un poco: pues bebéis
de la fuente en que mana lo que él piensa.» 9

Así Beatriz; y las gozosas almas
se hicieron una esfera en polos fijos,
llameando, al igual que los cometas. 12

Y cual giran las ruedas de un reloj
así que, a quien lo mira, la primera
parece quieta, y la última que vuela; 15

así aquellas coronas, diferente-
mente danzando, lentas o veloces,
me hacían apreciar sus excelencias. 18

De aquella que noté más apreciada 19
vi que salía un fuego tan dichoso,
que de más claridad no hubo ninguno; 21

y tres veces en torno de Beatriz
dio vueltas con un canto tan divino,
que mi imaginación no lo repite. 24

Y así salta mi pluma y no lo escribo:
pues la imaginativa, a tales pliegues,
no ya el lenguaje, tiene un color burdo. 27

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