de su leche dulcísima más llenas, 57

en mi ayuda, ni un ápice dirían
de la verdad, cantando la sonrisa
santa y cuánto alumbraba al santo rostro. 60

Y así al representar el Paraíso,
debe saltar el sagrado poema,
como el que halla cortado su camino. 63

Mas quien considerase el arduo tema
y los humanos hombros que lo cargan,
que no censure si tiembla debajo: 66

no es derrotero de barca pequeña
el que surca la proa temeraria,
ni para un timonel que no se exponga. 69

«¿Por qué mi rostro te enamora tanto,
que al hermoso jardín no te diriges
que se enflorece a los rayos de Cristo? 72

Este es la rosa en que el verbo divino 73
carne se hizo, están aquí los lirios 74
con cuyo olor se sigue el buen sendero.» 75

Así Beatriz; y yo, que a sus consejos
estaba pronto, me entregué de nuevo
a la batalla de mis pobres ojos. 78

Como a un rayo de sol, que puro escapa
desgarrando una nube, ya un florido
prado mis ojos, en la sombra, vieron; 81

vi así una muchedumbre de esplendores,
desde arriba encendidos por ardientes
rayos, sin ver de dónde procedían. 84

¡Oh, benigna virtud que así los colmas,
para darme ocasión a que te viesen
mis impotentes ojos, te elevaste! 87

El nombre de la flor que siempre invoco 88
mañana y noche, me empujó del todo
a la contemplación del mayor fuego; 90

y cuando reflejaron mis dos ojos
el cuál y el cuánto de la viva estrella
que vence arriba como vence abajo, 93

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