¡Oh paciencia que tanto soportas! 135

Al decir esto vi de grada en grada
muchas llamas bajando y dando vueltas,
y a cada giro estaban más hermosas. 138

Se detuvieron al lado de ésta,
y prorrumpieron en clamor tan alto,
que aquí nada podría asemejarse; 141
ni yo lo oí; tan grande fue aquel trueno.

CANTO XXII

Presa del estupor, hacia mi guía
me volví, como el niño que se acoge
siempre en aquella en que más se confía; 3

y aquélla, como madre que socorre
rápido al hijo pálido y ansioso
con esa voz que suele confortarlo, 6

dijo: «¿No sabes que estás en el cielo?
y ¿no sabes que el cielo es todo él santo,
y de buen celo viene lo que hacemos? 9

Cómo te habría el canto trastornado, 10
y mi sonrisa, puedes ver ahora,
puesto que tanto el gritar te conmueve; 12

y si hubieses su ruego comprendido, 13
en él conocerías la venganza
que podrás ver aún antes de que mueras. 15

La espada de aquí arriba ni deprisa 16
ni tarde corta, y sólo lo parece
a quien teme o desea su llegada. 18

Mas dirígete ahora hacia otro lado;
que verás muchas almas excelentes,
si vuelves la mirada como digo.» 21

Como ella me indicó, volví los ojos,
y vi cien esferitas, que se hacían
aún más hermosas con sus mutuos rayos. 24

Yo estaba como aquel que se reprime
la punta del deseo, y no se atreve
a preguntar, porque teme excederse; 27

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