Vencido con la luz de su sonrisa,
ella me dijo: «Vuélvete y escucha;
no está en mis ojos sólo el Paraíso.» 21

Como se ve en la tierra algunas veces
el afecto en la vista, si es tan grande,
que por él todo el alma es poseída, 24

así en el flamear del fulgor santo 25
al que yo me volví, supe el deseo
que tenía aún de hablarme un poco más, 27

y él comenzó: «En este quinto grado
del árbol de la cima, que da fruta
siempre y que nunca pierde su follaje, 30

hay almas santas, que en la tierra, antes
que vinieran al cielo, tan famosas
fueron que harían rica a cualquier musa. 33

Contempla pues los brazos de la cruz:
los que te nombraré aparecerán
como el rayo veloz hace en la nube.» 36

Por la cruz vi un fulgor que se movía
al nombre de Josué, nada más dicho;
no sé si fue primero el ver que el nombre. 39

Y al nombre de aquel grande Macabeo
vi que otro se movía dando vueltas,
y era cuerda del trompo la alegría. 42

Así con Carlo Magno y con Oriando
siguió dos luces mi mirar atento
como a su halcón volando sigue el ojo. 45

Después vi a Rinoardo y a Guillermo 46
y al duque Godofredo con la vista
por esa cruz, y a Roberto Guiscardo. 48

Yendo a mezclarse luego con los otros,
me mostró el alma que me había hablado
qué clase de cantor era en el cielo. 51

Me volví entonces hacia la derecha
para ver si Beatriz, o por su gesto
o sus palabras, mi deber mostraba. 54

Y contemplé sus luces tan serenas,

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