si a la más alta musa damos fe,
reconociendo a su hijo en el Elíseo. 27

«O sanguis meus, o superinfusa 28
gratia Dei, sicut tibi cui
bis unquam celi ianüa reclusa?» 30

Dijo esa luz llamando mi atención;
luego volví la vista a mi señora,
y una y otra dejáronme asombrado; 33

pues ardía en sus ojos tal sonrisa,
que pensé que los míos tocarían
el fondo de n-ú gloria y paraíso. 36

Luego gozoso en vista y en palabras,
el espíritu dijo aún otras cosas
que no las entendí, de tan profundas; 39

Y no es que por su gusto lo escondiera,
mas por necesidad, pues su concepto
al ingenio mortal se superpone. 42

Y cuando el arco del afecto ardiente
se calmó, y se abajaron sus palabras
a la diana de nuestro intelecto, 45

la cosa que escuché primeramente
«¡Bendito seas -fue tú, el uno y trino,
que tan cortés has sido con mi estirpe!» 48

Y siguió: «Un grato y lejano deseo,
tomado de leer el gran volumen
del cual el blanco y negro no se mudan, 51

has satisfecho, hijo, en esa luz
desde la cual te hablo, gracias a ésa
que alas te dio para tan alto vuelo. 54

Tú crees que a mí llegó tu pensamiento
de aquel que es el primero, como sale
del uno, al conocerlo, el seis y el cinco; 57

y por ello quién soy, y por qué causa
más alegre me ves, no me preguntas,
que algunos otros de este alegre grupo. 60

Crees bien; pues los menores y mayores
de esta vida se miran al espejo

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